¿UNA DERECHA ECOLOGISTA? (2 de 2)

fracking pozo

La conciencia ecologista ofrece una nueva vía para recuperar una visión del mundo (más bella, más armónica y más solidaria) que ahora parece olvidada.

Actualmente, el ecologismo (guiado por una sensibilidad de izquierdas) dirige casi en exclusiva sus críticas contra el capitalismo depredador. Sin embargo, si se reflexiona un momento, descubrimos que en igual o mayor medida debería oponerse al comunismo titánico y al socialismo intervencionista. Sin ir más lejos, Pekín es una mega-ciudad en la que se hacinan millones de personas y que tiene unos índices de contaminación atmosférica superiores a los de cualquier ciudad occidental. Asimismo, la obsesión socialdemócrata de que todos los planes de desarrollo sean dictados y supervisados por una Gran Administración a través de un ejército de burócratas también supone una verdadera pesadilla para cualquier ecologista honesto, más inclinado a la autogestión a y las pequeñas iniciativas de ámbito local.

La vieja derecha, instalada en el fundamentalismo de mercado, permanece ajena a las posibilidades que ofrece el ambientalismo en la batalla de las ideas. La nueva derecha, en cambio, libre de las ataduras que imponen los intereses económicos de las élites y de la neoburguesía, no tiene inconveniente en cuestionarse de qué lado deberían estar sus lealtades en el mundo de hoy. La nueva derecha, comprometida con principios y no con intereses, sabe que no todo aquél que se define como conservador lo es.

Pongamos un ejemplo.

Pocas cosas hay más claramente conservadoras que el respeto al suelo que pisamos. Por un doble motivo: porque es la tierra de nuestros padres y nuestros abuelos y porque la actitud conservadora es la manifestación en el plano político y social del principio de conservación, fundamental para asegurar la supervivencia. Dicho de una forma más sencilla: un verdadero conservador ama y defiende los valles, los montes y los ríos que le han visto nacer. Y también sabe que ninguna generación tiene derecho a envenenar el suelo que pisaron sus antepasados o agotar los recursos de su territorio. Pues bien, en el debate sobre el fracking, la vieja derecha defiende los intereses del oligopolio energético frente a los irreductibles galos de las poblaciones afectadas por las prospecciones petrolíferas.

El “fracking” o fractura hidráulica es el método de extracción de gas a altas profundidades, que se basa en la fractura de rocas mediante inyección a presión de agua tratada con agentes químicos para permitir la salida del hidrocarburo. Este sistema ha sido criticado a nivel internacional porque conlleva una serie de impactos ambientales, algunos de los cuales aún no están plenamente comprendidos, muy especialmente, la contaminación de aguas subterráneas, pero también la emisión de gases de efecto invernadero (metano) y los temblores (sismicidad inducida). Además de la alteración odiosa que supone para cualquier población el impacto paisajístico, los ruidos y el trasiego incesante de camiones para transportar el gas extraído.

FRACKING el dinero no se bebe

En nuestro ámbito, el ministro de energía e industria, José Manuel Soria (PP), defiende las prospecciones petrolíferas en nuestro territorio porque España “no puede permitirse perder la carrera del fracking”. ¿Carrera? ¿Qué carrera? ¿Quién nos persigue? Frente a los planes de Soria se alzan distintas organizaciones medioambientales y movimientos ciudadanos de las poblaciones afectadas. En la localidad alavesa de Kuartango el 98% de los vecinos votó en contra del fracking en un referéndum. El parlamento de Cantabria aprobó una que prohibía el fracking en su territorio y el Gobierno de Rajoy la ha recurrido ante el Tribunal Constitucional.

¿Realmente el fracking es de derechas? ¿La derecha está en la promoción de la competitividad y la carrera energética o en la defensa de nuestro territorio y nuestros pueblos?

¿La derecha actual ha perdido el norte?

Desde una perspectiva de los valores de derecha, más bien parece que en la batalla del fracking los verdaderos conservadores son los vecinos de Kuartango (aunque no se vean a sí mismos como tales) y no el gobierno del Partido Popular (por mucho que en medios de distinto signo lo califiquen como partido conservador).

 Papa fracking NO

Más allá de la política actual basada en el corto plazo y en el pulso de intereses, el ambientalismo plantea nuevos retos y nuevos paradigmas de una visión trascendente de la sociedad y de las generaciones. El movimiento ecologista atesora valores fundamentalmente conservadores como el respeto al entorno, la valoración de las costumbres y las tradiciones, la solidaridad orgánica, el compromiso comunitario, la economía colaborativa y la búsqueda de la felicidad a través del desarrollo personal y no a través de la acumulación de riquezas (“ser” vs “tener”).

No es que el pensamiento de derecha deba incorporar a su discurso retazos de ambientalismo, es que la conservación del territorio es una causa conservadora por antonomasia. “Otro mundo es posible” dicen los altermundistas. Por supuesto que lo es. Pero sólo los conservadores pueden superar las limitaciones de un ambientalismo de izquierdas y llevar hasta sus últimas consecuencias el debate sobre la relación del hombre con la naturaleza. La conciencia ecologista ofrece, para quien lo quiera ver, una nueva vía para recuperar una visión del mundo (más bella, más armónica y más solidaria) que ahora parece olvidada.

Una concepción audaz de la política invita a superar en esta materia las etiquetas de izquierda y derecha y a plantear la división del debate entre quienes comparten una visión solidaria entre individuos y entre generaciones basada en la co-responsabilidad y quienes, ya sean capitalistas o socialistas, sostienen que la economía (crecimiento/progreso) es la clave de nuestro destino.

Ante nuestros ojos se está abriendo un paisaje ideológico nuevo. Es innegable que se está produciendo un renacimiento de los valores conservadores. Lo que ocurre es que los brotes verdes están surgiendo en un lugar en el que nadie los esperaba. La vieja derecha, la derecha del monedero, no lo sabe ver porque está demasiado ocupada en los ajustes de balance y la consolidación fiscal. Se ha extraviado tratando de volver  a la senda del crecimiento. Pero está creciendo una nueva generación de jóvenes de Derecha que sí lo sabrá ver. Una generación que no tendrá miedo a replantearse qué significa ser conservador, tradicionalista o identitario. Hasta sus últimas consecuencias. Una generación que tendrá el valor para reconocer que probablemente es más hermosa la visión del mundo que tenían sus abuelos a la que tienen sus padres. Y serán esos jóvenes quienes establecerán los términos del diálogo que en el futuro tendrá la Derecha en su relación con la familia, la comunidad y la naturaleza.

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