¿UNA DERECHA ECOLOGISTA? (1 de 2)

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¿Y si el diálogo entre el conservadurismo y el conservacionismo fuera un paso lógico?

Recelo entre las dos orillas 

El hombre de derechas mira el fenómeno ecologista con recelo o con abierta hostilidad. La derecha actual ve en el ambientalismo un tufillo a mayo del 68, una palanca más para atacar el principio de libre empresa o un caballo de troya new age para adormecer el sentimiento religioso. En resumen, ve en el movimiento verde un izquierdismo camuflado, una forma oportunista de subversión contra lo establecido. En algunos ambientes se dice con humor que el ecologismo es “socialismo menos electricidad”. Se habla también del síndrome de la sandía: “verde por fuera, rojo por dentro”.

A esto se une el hecho de que la mayoría de los ecologistas se posicionan en la izquierda ideológica. Y es que el ambientalismo, tal y como está concebido hoy, parece un bomboncito servido en bandeja para la izquierda. Ahí están las víctimas (las generaciones futuras y los animales de distinto pelaje), la vanguardia de progreso que lucha por ellos (los rainbow warriors o eco-warriors) y los opresores (los capitalistas obesos y codiciosos). Este relato, tal y como ha sido diseñado, ofrece a la izquierda multitud de oportunidades para hacer gala de su superioridad moral e infiltrar su resentimiento contra los “grupos de poder” y los valores de Occidente.

Con esto, una persona de derechas podría dar la cuestión por zanjada y llegar a la conclusión (precipitada) de que el ecologismo es cosa de izquierdistas. Sin embargo, si se considera el ecologismo como izquierda, deberá reconocerse que es una izquierda alternativa o heterodoxa, alejada del marxismo entendido como una lucha por el control de los medios de producción y el desarrollo económico. Para los verdes la economía ya no ocupa el lugar más destacado de la sociedad ni de su programa político. Por ello, los ecologistas tampoco se han escapado de las críticas de los izquierdistas de raíz socialista. La socialdemocracia cuestiona el pensamiento ecológico sobre la base de que una menor actividad económica implica menores ingresos y, por tanto, puede socavar el Estado del bienestar. Por otro lado, la extrema izquierda, desde el diario La Riposte, llega a calificar la teoría del decrecimiento como una “utopía reaccionaria” que aspira a una “buena economía precapitalista”.

La ideología de progreso cree que la historia y la humanidad avanza necesariamente hacia algo mejor y que el futuro es siempre superior al pasado. De ahí que la misión de los progresistas sea acelerar esa marcha. Hay una izquierda hegemónica que quiere traer ese “progreso” a través de la burocracia, la gestión de grandes presupuestos públicos y la inversión en grandes infraestructuras. Sin embargo, en muchas ocasiones, los ecologistas son los únicos que se oponen a la construcción de una autopista, a la especulación inmobiliaria en la costa o a la conversión de un parque natural en un Disneylandia de animales. Por eso, la izquierda burocrática critica al ecologismo auténtico y comprometido que sus propuestas, en última instancia, pueden devolver a la sociedad a la “edad del candil”.

Tiene gracia que, en cierta medida, la izquierda hegemónica reproche al ecologismo lo mismo que al pensamiento conservador.

¿Qué pasa aquí?

Nuevas perspectivas para el entendimiento

El ecologismo promueve un retorno al campo, a la economía local, a los oficios artesanales y al arraigo a las comunidades. Bien pensado, no está muy lejos de la “sociedad de campesinos” que defendía Chesterton o el retorno a los valores rurales de la derecha tradicional. El ecologismo nos trae ecos de un mundo que muchos daban ya por desaparecido.

Un joven ecologista prefiere veranear en la casa del pueblo de sus abuelos que en un adosado en una urbanización de playa. Un ecologista prefiere comer un tomate plantado en una huerta de su comarca que un tomate traído en barco o avión desde Marruecos o la otra punta del orbe. Un ecologista quiere dejar a sus hijos y nietos un mundo de bosques frondosos y aguas no contaminadas. ¿Realmente no hay nada bueno en el pensamiento ecologista? ¿Realmente no tenemos nada en común con ellos?

Mirado sin sesgos ideológicos, el ecologismo no habla de promesas de “progreso” o de “igualdad”, sino de conservación y equilibrio.  Y aquí es precisamente donde radica la quintaesencia del pensamiento conservador.  Para un conservador el cambio en la sociedad es bueno siempre que sea acompasado y armónico, alejado de intervenciones radicales y terapias de choque. El conservador ama la patria en la que nace y valora la cultura que recibe de sus padres. Tiene la humildad y el sentido común suficiente para saber que esa cultura no se ha generado de forma fortuita sino que es el resultado racional que surge tras la aportación realizada por muchas generaciones. El conservador cree que las sociedades avanzan igual que la naturaleza, de forma armoniosa y a través de los siglos.

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El gusto por lo permanente, el respeto instintivo hacia el equilibrio natural, el goce del tiempo lento, la valoración de las diferencias y la aceptación de que el movimiento del mundo excede del control del hombre. Todo esto marca la actitud conservadora. Por eso no es extraño que Edward Goldsmith, fundador de The Ecologist, se califique a sí mismo como conservador “en el sentido axiológico del término”, es decir, en el sentido de una filosofía de los valores.

La única igualdad que deriva del pensamiento ecologista es la equidad entre generaciones. Y es que, en realidad, no hay nada más conservador que la solidaridad entre generaciones. Edmund Burke, referente del pensamiento conservador, decía que “el conservadurismo es una relación entre los muertos, los vivos y los que todavía no han nacido”. Desde el otro extremo ideológico, el pensador ilustrado Fontenelle criticaba que “nada detiene tanto la marcha de las cosas como la admiración profesada a los Antiguos”. Esta frase pone de manifiesto lo razonable que es una alianza entre el pensamiento conservador y el ecologista. Los dos se oponen al ‘progreso’ prometeico por medio de mecanismos aceleradores de ingeniería. A fin de cuentas, conservadurismo y el conservacionismo son dos visiones complementarias que buscan la conservación.

El hombre de derechas se ve a sí mismo, como heredero, como persona que recibe de la generación de sus padres un legado cultural y simbólico con la responsabilidad de custodiarlo, mejorarlo y transmitirlo. Un ecologista honesto también comparte esa visión de herencia y de responsabilidad intergeneracional. Por eso, tal vez ha llegado el momento en que la derecha mire con otros ojos las posibilidades que ofrece el pensamiento ecologista para su contestación al progresismo y al consumismo En esta labor es necesario que conservadores y conservacionistas inicien un diálogo constructivo y mutuamente enriquecedor para encontrar nuevas zonas de entendimiento.

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