SANTO TOMÁS MORO: POLÍTICA, COMUNIDAD Y UTOPÍA (3 de 3)

Justicia distributiva y bien común. Existe una tercera vía más allá de capitalismo y comunismo.

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Cuadro del pintor rumano Camil Ressu

Comunitarismo utópico

La ley de Utopía que probablemente causaría más sorpresa y controversia en nuestros días es la de la abolición de la propiedad privada. La derecha sociológica asocia la comunidad de bienes con comunismo y marxismo (materialismo histórico). El liberalismo ha contaminado todo el pensamiento conservador occidental. Ha producido el desencantamiento del mundo y ha privado de trascendencia a las relaciones humanas al mismo tiempo que ha elevado la propiedad privada a la categoría de derecho sagrado. Sin embargo, no puede negarse que el pensamiento de Santo Tomás Moro es católico y ortodoxo a machamartillo. ¿Qué pasa aquí?

En la isla de Utopía rigen los principios de la propiedad común y de participación y trabajo obligatorio para el bien de todos. “En otras repúblicas todo el mundo sabe que si uno no se preocupa de sí se moriría de hambre, aunque el Estado sea floreciente. Eso le lleva a pensar y obrar de forma que se interese por sus cosas y descuide las cosas del Estado, es decir, de los otros ciudadanos. En Utopía, como todo es de todos, nunca faltará nada a nadie mientras todos estén preocupados de que los graneros estén llenos. Todo se distribuye con equidad, no hay pobres ni mendigos y aunque nadie posee nada todos sin embargo son ricos. (…) Afrontan con optimismo y miran felices el porvenir seguro de su mujer, de sus hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y de la más dilatada descendencia. Ventajas que alcanzan por igual a quienes antes trabajaron y ahora están en el retiro y la impotencia como a los que trabajan actualmente”.

En su obra, Santo Tomás Moro mantiene una charla muy interesante con el explorador y filósofo Rafael Hithlodeo (Raphael Hythloday), al regresar a la sociedad medieval europea después de su descubrimiento de Utopía. En esta tertulia, Hithlodeo reflexiona sobre Platón y su principio de la igualdad de bienes y sostiene lo siguiente:

la igualdad es imposible, a mi juicio, mientras en un Estado siga en vigor la propiedad privada. En efecto, mientras se pueda con unos papeles asegurar la propiedad de cuanto uno quiera, de nada servirá la abundancia de bienes. Vendrán a caer en manos de unos pocos, dejando a los demás en la miseria. (…) Por todo ello, he llegado a la conclusión de que si no se suprime la propiedad privada, es casi imposible arbitrar un método de justicia distributiva, ni administrar acertadamente las cosas humanas. Mientras aquella subsista, continuará pesando sobre las espaldas de la mayor y mejor parte de la humanidad, el angustioso e inevitable azote de la pobreza y de la miseria”.

Tomás Moro le replica que “estoy lejos de compartir vuestras convicciones, jamás conocerán los hombres el bienestar bajo un régimen de comunidad de bienes. ¿Por qué medios se podrá conseguir la prosperidad común si todos se niegan a trabajar? Nadie tendrá un estímulo personal, y la confianza en que todos trabajan le hará perezoso”.

Rafael asiente y contesta: “No me extraña que pienses así. No puedes hacerte idea de lo que se trata, o la tienes equivocada. Si hubieras estado en Utopía, como yo he estado, si hubieses observado en persona las costumbres y las instituciones de los utopianos, entonces no tendrías dificultad en confesar que en ninguna parte has conocido república mejor organizada”.

En las últimas páginas de su obra, Santo Tomás Moro le dice a su amigo que ya tendrán tiempo “de discurrir con más profundidad sobre estos temas y discutir más profusamente”. Y termina recapacitando sobre todas las costumbres exóticas que ha escuchado: “tengo que confesar que no puedo asentir a todo cuanto me expuso este docto varón, entendido en estas materias y buen conocedor de los hombres. También diré que existen en la república de los utopianos muchas cosas que quisiera ver impuestas en nuestras ciudades. Pero que no espero lo sean”. ¿A cuáles se refiere? La conversación entre el estadista inglés y su amigo explorador no llega a una conclusión definitiva, sino que apunta elementos para la reflexión. Una reflexión que distintos pensadores de todas las tendencias han mantenido viva a lo largo de los últimos cinco siglos.

Destino universal de los bienes.

Lo esencial del pensamiento de Santo Tomás Moro es que busca formas de obtener un reparto justo y el bien común. Desde los tiempos de Tomás Moro, la doctrina social católica ha desarrollado un cuerpo de pensamiento que no es compatible en muchos aspectos con las normas que rigen actualmente en las sociedades europeas.

En la visión católica de la economía, la persona ocupa el lugar primordial. La propiedad sirve al hombre, no al revés. Los bienes de la creación están destinados a toda la humanidad (cf Gn 1, 26-29). Sin embargo, es lícito y recomendable que la tierra esté repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada. Por eso, parte del debate entre propiedad privada y propiedad pública es artificial. Lo más importante es que los bienes mantienen un destino universal.

Hace un par de meses, un profesor de economía del Instituto de Estudios Bursátiles nos decía en una conversación de twitter que “el fin social de la propiedad privada convierte al propietario en funcionario”. El mercantilismo ha desfondado moralmente a la derecha sociológica. Aunque muchos parecen haberlo olvidado, la función social de la propiedad privada está recogida en el art. 33 de la Constitución. Pero, al margen de leyes temporales, nosotros vamos más allá: los bienes no sólo tienen una función social, siguen teniendo un destino universal.

A los habitantes de la Casa en el Árbol nos gusta la escuela del “distributismo” iniciada por Chesterton, Belloc y sus amigos a principios del siglo XX. Se trata de una concepción humana de la economía basada en la búsqueda de una pequeña propiedad privada para todos. Es el tercer posicionamiento económico que rompe con el capitalismo y el comunismo. Es una vía revolucionaria y que sigue siendo plenamente válida hoy en día. Sólo hace falta un puñado de jóvenes comprometidos que quieran impulsarla. ¿Tomamos el camino menos transitado?

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