SANTO TOMÁS MORO: POLÍTICA, COMUNIDAD Y UTOPÍA (2 de 3)

isla onírica

El pensamiento de Santo Tomás Moro resulta molesto a los progresistas (por su defensa de la verdad y la virtud) y a los mercantilistas (por su defensa de la distribución de riquezas).

El pensamiento de Santo Tomás Moro puede ser una fuente de inspiración para muchas de las corrientes alternativas que hoy buscan abrirse camino. Utopía es una obra de apenas 60 páginas pero su autor no dio puntada sin hilo. De cada frase, de cada párrafo se pueden extraer reflexiones de calado. En el prólogo que escribió Quevedo dijo que “el libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida será larga; escribió poco, y dixo mucho: si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni a aquellos será carga ni a estos cuidado”.

Vida sencilla.

Los pueblos de Utopía viven lo que podríamos llamar la buena vida, entendida como una vida sencilla en la que se ha eliminado lo superfluo y en la que están aseguradas las necesidades básicas de todos.

Todos los ciudadanos aprenden el arte de la agricultura y pueden elegir más oficios, según sus aficiones, aptitudes y las necesidades de la ciudad. La jornada laboral es de seis horas, suficientes para proveer a la comunidad de las cosas necesarias para la vida y para la comodidad. Todos los ciudadanos aptos, hombres y mujeres, trabajan. De las horas restantes del día, dedican ocho al sueño y las horas libres como deseen, pero son estimulados a realizar actividades que desarrollan la creatividad y la inteligencia, como lectura, música, conversación, juegos matemáticos, etc.

Utopía tiene muy poco que ver con nuestras enfermizas sociedades occidentales. Hoy la “senda del crecimiento” nos conduce a trabajar más horas y por menos salario para ganar en “competitividad”. La economía ya no busca satisfacer las necesidades de las personas de forma que puedan desarrollar las demás facetas de la vida (culto, familia, cultura, naturaleza, descanso). Poco menos que la economía se ha convertido en un fin en sí misma. Amenaza con invadirlo todo y perjudica (monetarizando y restando tiempo) otras facetas de la vida que nada tienen que ver con la economía.

Las comunidades utopianas han optado por lo que las doctrinas del decrecimiento (“mejor con menos”) y el antiproductivismo denominan actualmente la “simplicidad voluntaria” o la “abundancia frugal”. Los utopianos “saben que no hay nada mejor que tener lo que se necesita. Sin abundar en superficialidades, es multiplicar disgustos vivir asfixiados por tantas riquezas”. Hoy los partidarios de una mejor distribución de la propiedad sostienen que cuando tienes lo suficiente tú posees el dinero pero que cuando tienes demasiado el dinero te posee a ti. Todos ellos pueden encontrar en Santo Tomás Moro un referente para sus teorías.

Buenas costumbres y bien común

En lo referente a la “ética o filosofía de las costumbres” la comunidad utopiana es esencialmente hedonista. Pero se trata de un hedonismo sano, basado en la virtud y en la austeridad. Muy en la línea del epicureísmo clásico. “La felicidad, afirman, no está basada en toda clase de placeres. Se encuentra solamente en el placer bueno y honesto”. La búsqueda del placer correctamente entendido conduce al bien común:

Trabajar por el bien público es un deber religioso. Echar por tierra la felicidad de otro para conseguir la propia es una injusticia. Privarse, en cambio, de cualquier cosa para dársela a los demás, es señal de gran humanidad y nobleza, pues reporta más bien que el que nosotros proporcionamos. Al mismo tiempo, esta buena obra queda recompensada por la reciprocidad de servicios. Y, por otra parte, el testimonio de la conciencia, el recuerdo y el reconocimiento de aquellos a quienes hemos hecho bien producen en el alma más placer que hubiera causado al cuerpo el objeto de que nos privamos. Finalmente, Dios recompensa con una alegría inefable y eterna la privación voluntaria de un placer efímero y pasajero”.

En el pensamiento de Santo Tomás Moro podemos encontrar una fuente de inspiración para temas tan actuales en las escuelas económicas no capitalistas como la economía del don (“la reciprocidad de servicios”) y la motivación intrínseca (el deber, la colaboración), contrapuesta a la motivación extrínseca propia de los incentivos monetarios. Además, el hedonismo sano genera una aristocracia del espíritu basada en el reconocimiento social por el bien que reporta a la comunidad y en una vida trascendente que podrá permanecer en el recuerdo colectivo. Esta aristocracia del espíritu es la antítesis de la actual hegemonía de las élites económicas que nos ha tocado sufrir y enlaza muy bien con todas las corrientes de renovación de la Derecha cultural que surgieron en la segunda mitad del siglo XX.

Los utopianos distinguen entre los placeres del espíritu y los del cuerpo. Son superiores los del espíritu. “Al espíritu vinculan el entendimiento y el gozo que engendra la contemplación de la verdad. A esto sigue el dulce recuerdo de una vida honesta y la firme esperanza del bien futuro”. Dentro de los placeres del cuerpo el principal es la salud. Los placeres de la comida y la bebida son estimados en la medida en que previenen el dolor y la enfermedad, pero no abusan de ellos. La belleza, el vigor y la agilidad del cuerpo, así como los placeres del oído, de la vista y el olfato son “el aderezo y el encanto de la vida”.

En la comunidad utopiana se desprecian las malas pasiones y los placeres frívolos que “lejos de contribuir a la felicidad, hacen de ellos otros tantos obstáculos a la verdadera felicidad”. Entre estos anti-placeres se encuentra la vanidad de quienes “se figuran valer tanto más cuanto mejor visten”, las manías de nobleza propia de quienes “se felicitan de que la suerte les haya hecho nacer de una larga línea de antepasados considerada como rica” y la avaricia de “esos avaros que acumulan riquezas sobre riquezas, no para utilizarlas, sino para regodearse ante el metal amontonado”.

Hay un comentario especial para el placer insano de los “jugadores de dados”. Nos gustaría conocer la opinión que tendría hoy Santo Tomás Moro sobre las apuestas deportivas o la construcción de Eurovegas, un verdadero templo podrido para los jugadores de dados de todo el mundo.

La comunidad utopiana “es un pueblo afable, alegre, lleno de ingenio, amante del ocio. Sabe, con todo, soportar los trabajos corporales cuando es preciso. Comedido en todo, es infatigable en las cosas del espíritu”. Esta cultura de vida recuerda mucho a la Comarca de hobbits que ideó Tolkien (otro autor católico) y muy poco a las actuales sociedades occidentales construidas sobre la base del consumismo desaforado y el ocio competitivo y de ostentación.

El camino hacia Utopía

El pensamiento de Santo Tomás Moro resulta molesto a los progresistas (por su defensa de la verdad y la virtud) y a los mercantilistas (por su defensa de la distribución de riquezas). Sin embargo, el estilo de vida de la comunidad soñada por Santo Tomás Moro parece el camino de baldosas amarillas que conduce a una vida feliz y con significado.

niño indígena soñador

Dice Eduardo Galeano que “la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Ya sabemos que nunca conseguiremos implantar Utopía en nuestras sociedades. De hecho, su propio nombre significa en griego “no hay tal lugar”. No obstante, el hecho de que nunca vayamos a llegar a ese lugar no significa no que no merezca la pena acercarse a él. ¿Nos ponemos en marcha?

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