SANTO TOMÁS MORO: POLÍTICA, COMUNIDAD Y UTOPÍA (1 de 3)

Santo Tomás MoroVivió una época oscura para Europa, pero no perdió su capacidad para imaginar un mundo mejor.

Aires de cambio

Soplan aires de cambio. Está en las calles, en los mercados, en las plazas. La renovación es una necesidad. Las recetas de la economía de casino han llevado a las sociedades europeas al colapso y las viejas formas de hacer política parecen agotadas. Este ambiente ha facilitado que en la izquierda cultural emerjan y ganen visibilidad las escuelas de pensamiento heterodoxo en materia de economía y ecología. Después de décadas de trabajo, su mensaje de que “otro mundo es posible” está llegando a la opinión pública y está influyendo en las bases y los programas de la izquierda oficialista. Es bueno que esto ocurra para erosionar el “consenso” de pensamiento único.

En la derecha se está produciendo lo contrario: una llamada a la ortodoxia liberal. Los movimientos políticos y de pensamiento “renovadores” buscan soluciones a la coyuntura actual en una vuelta al liberalismo puro para poner freno al empuje socialista. Desmantelamiento del poder público, liberalización de todos los sectores, maximización del interés privado, degradación de los salarios y derechos sociales para ganar en “competitividad”. Desgraciadamente, esta vía no hace sino ahondar en el error y entronizar una visión mercantilista del mundo, ajena a nuestra tradición cultural y en la que se deterioran aún más los lazos de comunidad y solidaridad.

Este mensaje de raíz economicista muchas veces procede de medios de comunicación y líderes de opinión de tendencia o apariencia católica. Se trata de un mensaje confuso y una asociación de ideas tan mal avenidas como la mezcla del agua y el aceite. La idea de que el progresismo se frena con mercantilismo tiene tan poco sentido como la idea de que una enfermedad se cura con otra. Pero cuando el mercader predica desde las escaleras del templo, se corre el peligro de confundir su mensaje con el del templo.

Renovación y utopía

La derecha cultural en España se ha prestado a construir la defensa ideológica de los intereses privados en materia económica. Ha asumido los mantras de la libertad económica a ultranza y la propiedad privada como derecho sagrado, olvidando la función social de la propiedad privada, el destino universal de los bienes y la opción preferencial por los necesitados. Parece que esa derecha defiende la ley y el orden en la sociedad pero anarquía y laisser faire en los mercados. Nuestra derecha cultural está cegada por la contabilidad y hace tiempo que ha dejado de soñar.

Pero, como decíamos (y aunque la derecha prefiera ignorarlo), soplan aires de cambio y la renovación es una necesidad. La crisis actual es, en el fondo, una crisis de valores. Y la renovación de amplio alcance no se producirá si no se revisan los valores sobre los que se ha edificado el orden político y actual que se desmorona. En el actual clima de desconcierto cultural, dirigimos nuestros ojos a un coloso del humanismo europeo: Santo Tomás Moro. Le tocó vivir una época oscura en la que las naciones del norte acogían el protestantismo y lanzaban una reforma a gran escala del espíritu europeo. Él defendió con valor su fe, su conciencia y la contrarreforma en Inglaterra, hasta el punto de pagar con la vida su disidencia. En medio de la agitación imperante no cayó en el malminorismo ni el pesimismo. Tampoco perdió su capacidad para imaginar un mundo mejor. En su obra Utopía (publicada en 1516) recrea un Estado ideal que se parece muy poco a lo que nosotros conocemos hoy. Algunas de sus propuestas nos pueden servir para refundar un discurso cultural alternativo al pensamiento único dominante.

Conciencia social

Santo Tomás Moro procedía de una familia respetable y bien relacionada. Podía haber tenido una vida llena de comodidades, lujos y privilegios. Sin embargo, optó por la vía de la austeridad y el ascetismo. Consagró su tiempo a la política, concebida como un servicio a la comunidad, con predilección por los más vulnerables. Algunos pasajes de Utopía son una verdadera bofetada en la cara de la élite económica del momento:

Así, cuando miro esas repúblicas florecientes hoy en día, no veo en ellas – ¡Dios me perdone!-, sino una gran cuadrilla de gentes ricas y aprovechadas que, a la sombra y en nombre de la república, trafican en su propio provecho. Su objetivo es inventar todos los procedimientos imaginables para seguir en posesión de lo que por malas artes consiguieron. Después podrán dedicarse a sacar nueva tajada del trabajo y esfuerzo de los obreros a quienes desprecian y explotan sin riesgo alguno. Cuando los ricos consiguen que todas esas trampas sean puestas en práctica en nombre de todos, es decir, en nombre suyo y de los pobres, pasan a ser leyes respetables”.

Él había nacido en el seno de la élite social y económica, pero no pertenecía a ella. No defendió sus intereses ni privilegios. Los combatió con firmeza, buscando implantar la justicia social. Nada que ver con algunos meapilas acomodaticios que hoy recorren los platós de televisión y que están más cerca de los valores que cotizan en el Ibex-35 que de los valores cristianos. Seguramente hoy sería revolucionario escuchar a Santo Tomás Moro hablar de materias como el acceso a la vivienda, el salario justo, la sanidad, las pensiones, o el papel de la banca, al mismo tiempo que habla de la familia, la virtud, la educación en valores, las costumbres del pueblo, el patriotismo o el respeto al medio ambiente. Él no miraba ni a izquierda ni a derecha, combatía con los pies en el suelo y la mirada en lo alto.

Juan Pablo II lo nombró Patrono de los Gobernantes y de los Políticos en el año 2000. El Papa aludió a “la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades” en una época en que “fenómenos económicos muy innovadores están hoy modificando las estructuras sociales”. Juan Pablo II señaló también lo siguiente:

Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud”.

En un tiempo en el que el gobierno de España es todo menos un ejercicio de virtudes, es un deber cívico replantearse si debemos dar nuestro apoyo a partidos y agrupaciones en los que la corrupción está institucionalizada. Es un deber cívico cuestionarse cuál es la verdadera ideología que está detrás de partidos que llevan la corrupción en el ADN.

¿Te atreves a asomarte al pensamiento transgresor de Santo Tomás Moro en política? En las siguientes entradas analizaremos algunas claves de su mundo imaginado. Un mundo que nunca se ha visto pero que ha sido real porque él lo llevaba en su mirada.

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