REPENSANDO EL PIB

Se utiliza como indicador de la prosperidad de un país. En realidad, sólo mide (de forma defectuosa) la riqueza material.

Repensando el PIB

El Producto Interior Bruto (PIB) es un indicador económico que refleja la producción total de bienes y servicios asociada a un país durante un determinado periodo de tiempo. Este indicador se emplea a nivel internacional para valorar la actividad económica o riqueza de cada país. En el pensamiento dominante un incremento del PIB constituye un crecimiento económico y, por tanto, un mayor bienestar.

En líneas generales, para el cálculo del gasto se suele seguir el método del gasto que presenta la siguiente fórmula:

PIB = C + I + G + X – M

Siendo C el consumo, I los ingresos asociados al país, G el gasto público y X y M las exportaciones e importaciones respectivamente.

La concepción actual del PIB refleja la doctrina liberal clásica, en la cual el crecimiento se mide no sólo por el aumento de los ingresos totales sino también por el aumento de la producción y el consumo. Así, un mayor consumismo en la sociedad contribuye a aumentar el PIB de dicha sociedad.

Tomar el PIB como la medida de desarrollo de una sociedad nos lleva a limitar como única dimensión mensurable el crecimiento material, al margen de cualquier otra consideración. Es el imperio de la cantidad, y no la calidad.

Actualmente, se realizan dos grandes críticas a la concepción del PIB:

  • No mide el bienestar o la calidad de la vida, sino solamente el valor añadido de los productos y servicios comercializados, sea cual sea la fuente, positiva o negativa de este intercambio. Por extraño que parezca, una catástrofe natural (p.ej. terremoto, huracán) tiene un efecto positivo en el PIB. El efecto indirecto en una menor producción queda compensado y superado por la mayor actividad económica que supone las labores de reconstrucción. Sin embargo, no se contabiliza de forma directa la destrucción de los activos (casas, carreteras…). El PIB tampoco tiene en cuenta las externalidades negativas que genera la producción, como podrían ser los efectos de la contaminación.
  • El PIB no toma en consideración la disminución o agotamiento de los recursos naturales de un país que conlleva el proceso productivo. Sin embargo, un índice que mide la “riqueza” de un país debería contabilizar también el “empobrecimiento” gradual de sus recursos (mineros, petrolíferos, etc).

Desde aquí consideramos necesario reformular la regla de cálculo del PIB para que incluya costes ecológicos (agotamiento de recursos, impacto de la contaminación) y sociales (conciliación familiar, la forma en que la riqueza creada es distribuida).

Los defensores de la concepción actual del PIB dirán que el aspecto positivo de utilizar variables contables que puedan expresarse directamente en términos monetarios dota de mayor objetividad al cálculo. Frente a este argumento debemos oponer dos críticas:

  • En realidad, el cálculo del PIB también contiene ya un elemento subjetivo, ya que en función de los parámetros que incluyamos los resultados pueden diferir. Además, la fórmula suele incluir cocientes correctores que no son 100% objetivos como la tasa de economía sumergida de un país.
  • En segundo lugar, aunque sea difícil asignar un parámetro de medición a los costes ecológicos o sociales, no hacerlo es peor porque supone privarles de todo valor. Lo hacemos sin problemas en otras facetas de la vida. Así, no nos extraña que anualmente se publiquen informes científicos sobre el nivel de calidad de la educación o que diariamente los tribunales fijen indemnizaciones por muerte o daños personales. Es cierto que una vida no tiene precio, pero si no se compensara, matar saldría gratis.

Podemos hacerlo, es sólo cuestión de querer hacerlo. Tan solo incluir en la ecuación la minoración de los recursos naturales utilizados  en cada proceso productivo ya sería un gran avance y ofrecería resultados sorprendentes. Descubriríamos que algunos países del primer mundo podrían tener, en realidad, un “crecimiento” negativo. Obviamente existen muchos intereses creados para que esta herramienta de medición no sea modificada. Si en ella se incluyeran el empobrecimiento de los recursos o las externalidades negativas como la contaminación muchas empresas e industrias dejarían de ser rentables.

En cualquier caso, debemos dejar de usar el PIB como una medida del bienestar de una sociedad. Como mucho, mide el aspecto material. Somos partidarios de reformular el PIB o sustituirlo por otro indicador más humano que sirva como referencia para medir el bienestar (no sólo material) o calidad de vida de una sociedad. Esta idea se aprecia muy bien con un ejemplo:

Imaginemos dos familias. Una de ellas vive en el mejor barrio de la ciudad, en un piso de 300m2, tienen un hijo y unos ingresos de 10.000 € mensuales. Ahora bien, el matrimonio presenta graves desavenencias y está cercano al divorcio, son adictos al trabajo y la comunicación con su hijo es deficiente. Por otro lado, tenemos una familia que vive en un barrio medio, en un apartamento de 90 m2, con tres hijos y unos ingresos de 3.000 € mensuales. La relación del marido y la mujer está presidida por el cariño, el afecto y el respeto, disfrutan de tiempo libre en familia y los lazos con sus hijos son sólidos. Conforme a una visión monetarista como el PIB, la primera familia ocuparía un lugar destacado en la clasificación tanto global como per cápita. Ahora bien, muy probablemente todos nosotros preferiríamos nacer en la segunda. Entonces, si un indicador meramente monetario no nos sirve, ¿por qué lo mantenemos?

Repensemos el PIB o sustituyámoslo por otro indicador. Volvamos al origen. Según los libros de texto tradicionales, el fin de la economía es la satisfacción de las necesidades humanas. Y la expresión monetaria por sí sola es incapaz de decirnos si se está consiguiendo satisfacer esas necesidades. Busquemos otras expresiones que sean más acordes con una visión completa del hombre y la sociedad.

Si te ha gustado, comparte

Deja un comentario