En defensa de la austeridad

Manipulación del lenguaje

 

Éste es el dilema al que nos enfrenta el día a día: austeridad o crecimiento. Políticas de austeridad o políticas de crecimiento. Intuitivamente, el lado emocional de nuestra mente corre a asociarse con la segunda alternativa y mira con antipatía a la primera.

 

La actual crisis económica está haciendo que escuchemos la palabra “austeridad” más que nunca y no precisamente para bien. Según el diccionario de la RAE, austero significa sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes”. A su vez morigerado significa “bien criado, de buenas costumbres”. Sorprende que se pueda recelar de alguien que reúna todas estas cualidades.

 

En realidad, el fondo del debate no tiene nada que ver con la austeridad. El verdadero dilema está en dos formas opuestas de entender la economía: el liberalismo clásico o el keynesianismo. Un economista liberal como David Ricardo diría que los ajustes fiscales pueden tener efectos expansivos. Por otro lado, John M. Keynes diría que reducir el déficit en época de crisis ahonda más la recesión y que, cuando la actividad está parada, el único agente económico capaz de mantener el nivel de demanda es el Estado. Por tanto, el verdadero debate es si debe reducirse el déficit presupuestario y si debe reducirse el gasto público.

 

¿Por qué le llaman austeridad cuando quieren decir supresión de la inversión pública? Nosotros creemos que las palabras, como las pistolas, las carga el Diablo y que, en la batalla de las ideas, el uso del lenguaje nunca es casual. Los amos de la economía han acertado al asignar la etiqueta de “austero” a la peor pesadilla de la izquierda: la contención o supresión de la intervención estatal. La izquierda hegemónica no ha visto la maniobra y ha asimilado e interiorizado el término “austeridad” sólo para criticarlo y demonizarlo. Sin ir más lejos, en la pasada huelga del 14-N, Fernandez-Toxo, líder de Comisiones Obreras llegó a decir que “en la austeridad, sólo hay depresión y desempleo”. La izquierda le está haciendo el trabajo al neoliberalismo. Únicamente algunos sectores altermundistas, partidarios del decrecimiento económico, han denunciado el uso tendencioso del lenguaje.

 

Austeridad como virtud

 

En la Casa del Árbol consideramos la austeridad una de las virtudes esenciales para conseguir unas personas y una comunidad de mayor calidad humana y moral que las actuales. Nosotros entendemos la austeridad como sencillez, frugalidad, templanza, justicia y fortaleza de espíritu. La austeridad es incompatible con la envidia, la competitividad social y con la acumulación de riqueza a costa del vecino. Es decir, la austeridad es incompatible con el sistema actual.

 

Las oligarquías políticas y financieras pueden ejercen su poder sobre nosotros porque estamos imbuidos una sociedad monetarizada, materialista y del “siempre más”. Por ello, cualquier disidencia debe estar fundamentada en una ética de la austeridad, entendida en su verdadero significado. Serge Latouche, economista impulsor del MAUSS (Movimiento AntiUtilitarista en Ciencias Sociales), aboga por fomentar una “sobriedad voluntaria” y una “abundancia frugal” como únicas formas de combatir el economicismo[] y el utilitarismo. La austeridad es un virus peligroso que ataca el corazón de un sistema basado en el consumo y el gasto sin fin. De ahí que no sea arbitrario el uso por parte de los amos de la economía del término “austeridad” para favorecer su desprestigio.

 

La austeridad está profundamente enraizada en el alma de nuestro pueblo, desde el estoicismo romano a la Generación del 98, pasando por la corte de los Reyes Católicos o Felipe II, la mística castellana y la Escuela de Salamanca. Como dijo Séneca, nuestro filósofo de Córdoba, “no se obtiene la felicidad si no podemos limitar nuestros deseos y necesidades”. Un brindis por la austeridad, preferiblemente con un vino sencillo y de proximidad.

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