LOS JUEGOS DEL HAMBRE: UNA REBELIÓN ANTI-ELITISTA (2 de 2)

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Los Distritos vs. el Capitolio. O lo que es lo mismo: el comunitarismo contra la tecnocracia y el narcisismo.

Los ganadores y los perdedores del Sistema

La población del Distrito 12 lleva una vida precaria y centrada en la supervivencia. Los hombres de este territorio trabajan en la minería y abastecen de carbón al Capitolio. Quien tiene el infortunio de nacer aquí se ve condenado a trabajar desde la infancia en jornadas de sol a sol. “Empiezan las restricciones de comida, e incluso aquellos con dinero salen de las tiendas con las manos vacías. Cuando vuelven a abrir las minas, los salarios se recortan, se alargan las horas de trabajo y los mineros son enviados a puestos de trabajo peligrosos”.

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Debido a la falta de recursos energéticos y tecnológicos, parece que los Distritos de la periferia han vuelto a una especie de edad media. Para lo malo, pero también para lo bueno. Los marginados del Sistema cuidan de los suyos y crecen con lazos familiares fuertes. Katniss perdió a su padre en un accidente en la mina y desde entonces caza furtivamente (con arco) para alimentar a su madre y su hermana. En sus pocos ratos libres le gusta perderse en los bosques con su amigo Gale y disfrutar del aire limpio y de la naturaleza. Las relaciones de amistad y de buena vecindad son respetadas en el marco de cierta solidaridad comunitaria propia de quien sabe que comparte un pasado de derrota y un mismo futuro sin horizontes. Los no-ciudadanos del Distrito 12 mantienen encendidos en sus corazones los sentimientos de dignidad y orgullo. Probablemente porque es a lo único que pueden aferrarse para sobrellevar las penurias y humillaciones que les inflige la autoridad del Capitolio. Esa unidad y esa identidad común es la base de su fuerza. Y lo que más teme el Capitolio. Un orador o un poeta podría despertar las conciencias abatidas y poner de nuevo en pie de guerra a todo un pueblo (“Y tal vez por esa bondad natural él puede poner de su lado a una multitud –no, a un país- con una simple frase”).

Cuando Katniss llega a la metrópoli, siente repulsión por sus ciudadanos, que son superficiales, egoístas, decadentes e inhumanos. Se preocupan por el estado de salud de sus mascotas a la vez que celebran el espectáculo cruel de una matanza de menores televisada (“¡Felices Juegos del Hambre!”). El gobierno del Sistema está confiado a una minoría selecta y tecnocrática. Los demás se entregan al ocio y a las fiestas. Viven obsesionados por el culto al cuerpo, los dictados de una moda extravagante y la vida social de la metrópoli.

Es lo opuesto a la aristocracia medieval. Su jerarquía social se utiliza en beneficio propio, no como servicio a los otros estamentos. Las élites del Capitolio gozan de todos los privilegios de su estatus sin asumir ninguna obligación. Se aprovecha del acceso a los recursos energéticos y la alta tecnología para mantener un férreo control sobre los territorios periféricos, que son explotados en su exclusivo beneficio. Mediante los Juegos del Hambre mantiene a los distintos Distritos enfrentados entre sí. La tecnocracia sabe que la unidad de los de abajo sólo puede ir en perjuicio de la seguridad de los de arriba.

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Los ecos del comunitarismo norteamericano.

En el mundo imaginado por Suzanne Collins se enfrentan algo más que una minoría dominante y una mayoría dominada. Se enfrentan dos cosmovisiones antagónicas. La élite del Capitolio se rige por los patrones de la post-modernidad: el individualismo, el hedonismo y el nihilismo propio del “homo ludens” actual, sólo preocupado por lo inmediato, el ocio y el entretenimiento y la satisfacción de cualquier apetencia sin más límite que la propia voluntad. Por otro lado, la población de los distritos mantiene en su memoria colectiva los valores tradicionales de la familia y el compromiso comunitario. En otras palabras, en las páginas de los Juegos del Hambre se pone de manifiesto (para quien lo quiera ver) la brecha existente entre la ética de las élites actuales y la ética del pueblo llano, del hombre común, en la línea expresada por autores comunitaristas como Christopher Lasch.

Christopher Lasch es autor de obras fundamentales como La cultura del narcisismo y La rebelión de las élites. En el primer libro analiza la frivolización de la cultura y el hastío vital del hombre contemporáneo cuya existencia ha perdido todo sentido de trascendencia y de corresponsabilidad hacia los otros. En el segundo libro sostiene la tesis de que, en la actualidad, las élites políticas, económicas e intelectuales constituyen la principal amenaza para las tradiciones de la civilización y la cultura occidental porque han dejado de creer en los valores que las sostienen.

En La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset, sostenía que la crisis de la cultura de Occidente se debía al afán de “dominación política de las masas”. El pensador español escribió esta obra en el periodo de entreguerras, en un momento de auge del bolchevismo y el fascismo. Décadas después, Lasch realiza un adecuado contrapunto, adaptado a la situación de finales del siglo XX. El autor estadounidense sostiene que hoy el riesgo para la cultura de Occidente procede de la parte superior de la pirámide social. Tras un minucioso análisis, concluye que quienes han perdido la fe en los valores occidentales son las élites, es decir, “aquellos que controlan los flujos internacionales de dinero e información, los que presiden fundaciones filantrópicas e instituciones de educación superior, los que gestionan los instrumentos de producción cultural y definen así los términos del debate público”.  Lasch centra bien la cuestión con esta afirmación:

No solo las masas han perdido su interés por la revolución, sino que sus instintos políticos son notablemente más conservadores que los de sus auto-designados portavoces y pretendidos libertadores. Son la clase trabajadora y la clase media baja quienes, a fin de cuentas, piden limitar el aborto, quienes se sujetan a la familia biparental como fuente de estabilidad en un mundo turbulento, quienes se resisten a los experimentos con “estilos de vida alternativos” y quienes mantienen profundas reservas sobre la discriminación positiva y otras aventuras de ingeniería social a gran escala”.

Lasch sostiene que la aristocracia occidental del antiguo orden (basada en el privilegio hereditario) ha sido sustituida por una nueva clase universitaria y progresista que crece en la escala social por meritocracia. Para Lasch esta nueva clase se caracteriza por el desarraigo, el cosmopolitismo, el esnobismo, un débil sentido de la obligación y patriotismo cada vez más escaso. Para el autor, esta nueva élite “mantiene muchos de los vicios de la aristocracia sin ninguna de sus virtudes”, ya que carece del sentido de “obligación recíproca” que era un rasgo del antiguo orden. Por eso, concluye que las élites están traicionando la democracia.

Esta brecha social está viva en la sociedad estadounidense y de forma creciente en la europea. Así, el gobierno de Obama capitanea en su política interior una dura ofensiva contra la institución familiar y los valores tradicionales a la vez que en política exterior mantiene un imperialismo geopolítico y económico que trata de preservar la hegemonía de Estados Unidos en el concierto de naciones. El paralelismo con el dominio del Capitolio en Panem es evidente. El gobierno tecnocrático favorece y preserva la decadencia moral y la cultura del ocio de los ciudadanos del Capitolio (narcisismo y relativismo) a la vez que explota las periferias geográficas para mantener su estilo de vida (capitalismo extractivo y economía del descarte).

Hay tres elementos claros en las novelas de Los Juegos del Hambre que permiten leerlas con una óptica anti-elitista propia de la Nueva Derecha:

1)      Quiebra de la ideología de progreso. Panem es un mundo donde se han roto todas las promesas de la Ilustración de prosperidad y educación universal. Lasch apunta la idea de la imposibilidad de seguir un crecimiento prometeico como base para el futuro:

“La ideología dominante en Occidente, la ideología de progreso, siempre se ha asentado en la expectativa de la que la abundancia económica proporcionaría a todos acceso al ocio, la educación y refinamiento –ventajas antes restringidas a los ricos-. Lujo para todos: ése era el sueño del progreso. Sin embargo, ya no es un objetivo alcanzable, ya que los recursos necesarios para mantener el bienestar universal, que antes se creían inagotables, se están aproximando actualmente a su límite. Ahora es obvio que una distribución de la riqueza más equitativa requiere al mismo tiempo una reducción en el estándar de vida que disfrutan las naciones ricas y las clases privilegiadas” (Conservatism against itself).

2)      El Centro y la Periferia. En los años 80, el filósofo francés Alain de Benoist (uno de los principales representantes de la Nueva Derecha), empezó a señalar que la división izquierda/derecha se había quedado caduca porque ya no existían grandes diferencias entre ellas. Propuso un esquema alternativo para clasificar las ideologías: centro/periferia. Entendía por “centro” a los partidarios del sistema político vigente, básicamente, liberales y socialdemócratas. En la “periferia” se incluían todos los críticos con el sistema, del signo que sea, y que eran excluidos del debate cultural por no asumir las premisas del Pensamiento Único. En Panem, esta división es territorial y moral, y está claramente representada por el Capitolio y los 12 distritos.

3)      Middle America vs. Washington D.C. El nombre del territorio que ocupa la clase dirigente (Capitolio) tiene una significación muy evidente que la vincula con las élites burocráticas que se mueven alrededor de la Casa Blanca (bipartidismo mainstream, lobbies y grupos de presión, diplomacia internacional). Por su parte, en un pasaje de la primera novela se indica que el distrito 12 (hogar de Katniss) se encuentra en la zona que antes se conocía como los Apalaches. Cualquier persona mínimamente familiarizada con la realidad política estadounidense sabe que esto no puede ser un detalle casual. Los Apalaches son una cadena montañosa que recorre varios Estados y traza un territorio que tradicionalmente ha sido muy poco receptivo al discurso progresista de las élites capitolinas. Es conocido el desdén, incluso desprecio, que sienten las clases altas de las costas Este y Oeste del país por la Middle America, a la que se considera palurda, ignorante y supersticiosa. En Occidente las élites han roto el compromiso comunitario, se han desvinculado de las clases populares y, lejos de utilizar sus talentos para apoyarlas y promocionarlas, los emplean para denigrarlas, amonestarlas y mantener vivo un sistema político y económico con muy pocos ganadores y muchos perdedores.

No costaría imaginarse en un futuro muy cercano una fiesta en Beverly Hills donde las celebrities de la industria cinematográfica se dan cita, engalanados con vestidos estrambóticos y peinados imposibles, para ver en pantalla grande la final de un reality en el que los ‘palurdos’ de la América profunda se pelean entre sí. La deshumanización es una cuestión de grado y la crueldad del “¡Felices Juegos del Hambre!” no queda lejos del sádico lema “El aborto es sagrado” que gritaron las FEMEN en nuestro Congreso de los Diputados.

Esta fiesta de Hollywood sería, por supuesto, una exhibición de cuerpos con una amplia diversidad geográfica y cultural, pero esculpidos con un mismo criterio estético y devotos de un mismo pensamiento progresista. La fiesta también incluiría la recaudación de fondos para una ONG o asociación filantrópica y acabaría en una orgía apta para todos los públicos y todas las orientaciones sexuales. Mientras, el resto del país acostaría a sus niños, rezaría con ellos unas oraciones y se retiraría pronto a dormir para afrontar al día siguiente una jornada de trabajo. Eso los más afortunados.

Como en la Roma precristiana, la América profunda o el Distrito 12 mantiene la ‘moral de los esclavos’, comunitaria y trascendente, mientras que el Capitolio se ha entregado a unas costumbres hedonistas y paganas. El final que tuvo el enfrentamiento entre ambas morales en el seno del Imperio romano ya lo conocemos. Está en nuestras manos volver a repetir la historia.

Error de Sistema.

Igual que ocurría con Avatar (ver nuestro post), los “productos culturales” más lucrativos de la industria del entretenimiento admiten interpretaciones en clave contracultural. El discurso cultural hegemónico contiene trazas de un mensaje subversivo que puede poner en riesgo sus propios pilares de apoyo. Es como si hubiera quintacolumnistas trabajando en los laboratorios de la intelligentsia progresista o como si el propio software mental diseñado para domesticar a las masas estuviera generando sus propios antivirus. Es la criatura que cobra autonomía y se rebela contra su amo.

Sólo necesitamos partisanos y disidentes que trabajen en la clandestinidad de forma audaz y creativa para identificar las contradicciones del discurso dominante. Una vez detectadas estas debilidades pueden construir un contrarrelato y transmitir el mensaje cifrado a los contactos de las distintas resistencias locales. Los activistas de las redes sociales pueden hacer el resto: amplificar y difundir la interpretación subversiva generando la agitación en el centro del debate cultural. Un subproducto cultural, cuya anatomía ha sido bien diseccionada, puede volverse contra el Sistema como un boomerang. Y es que, a fin de cuentas, un veneno utilizado en las dosis adecuadas puede salvar vidas.

La rebelión ha empezado en la periferia. Únete a la Resistencia de tu ciudad.

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