LA DERECHA NACIONAL NECESITA UN 15-M (1 de 2)

Renovarse o morir.

 anonymous primer plano

No nos representan

Mañana se celebrará el segundo aniversario del 15-M. Seguramente pasará sin pena ni gloria. En el primer aniversario, los burócratas del PPSOE se dieron palmaditas en la espalda y los señores de la derecha y la izquierda liberal suspiraron con alivio al ver que las calles no se agitaban. Este domingo respiraron aliviados al ver la pérdida de fuelle de las marchas de Madrid. Creen que han quedado atrás las jornadas de contestación en las que cientos de miles de ciudadanos reclamaban una reforma de la ley electoral bajo el grito “No nos representan”. No quieren recordar los carteles que llevaban los jóvenes en los que se leía “Generación Ni-Ni: ni PP, ni PSOE”. Pero se equivocan. Ha pasado el primer impacto del 15-M, pero su onda expansiva sigue produciendo efectos bajo la superficie.

Es cierto que al movimiento 15-M le ha faltado estrategia política para asegurar su permanencia en el debate público y la continuidad de su mensaje en los medios. Su carácter asambleario le ha dado mucha vitalidad pero le ha restado eficacia. Seguramente si se hubieran concentrado los esfuerzos exclusivamente en uno o dos temas habrían obtenido algunos resultados legislativos inmediatos.

No toda la actividad fue estéril. Se obtuvieron logros importantes. Los ciudadanos descubrimos que podíamos hablar en la calle de los temas políticos que nos preocupaban sin necesidad de tener a los partidos como intermediarios. En esos días las plazas de toda España se convirtieron en un bazar donde todo el mundo podía dar su opinión y lanzar su mensaje. La derechita intentó evacuar las plazas con la policía. La izquierda tomó buena nota de las ideas expresadas.

Distintas reacciones de izquierda y derecha

El movimiento del 15-M tuvo un alto componente transversal. No vamos a negar que en su gestación y movilización actuaron grupúsculos de extrema izquierda, pero en las manifestaciones se dieron cita personas de distintas sensibilidades (incluido el centro y la derecha), de distintas edades y diferente ascendencia social. Todos conocemos a alguna persona que no es de izquierdas y que acudió a los actos de protesta. Es normal, porque, en realidad, en las calles había tantas reivindicaciones como manifestantes. Cada uno tenía su motivo de indignación (en la línea de lo expresado por Hessel): la falta de representatividad de la ley electoral, la corrupción política, los abusos de la banca, los desahucios, el paro, los recortes. Identificar estos temas con la izquierda y entregárselos en bandeja ha sido una irresponsable dejación de funciones por parte de la derecha que va a pagar cara.

Después del 15-M, la izquierda está en plena catarsis. Busca en su espíritu cívico y (en buena medida) espontáneo la savia que le devuelva el vigor para salir del estado de trance en que se encuentra desde la caída del comunismo. La izquierda parlamentaria ha tratado de capitalizar el sentimiento de indignación. Los guiños de Tomás González y de Rubalcaba al movimiento, en sus respectivas campañas, fueron vergonzosos. Izquierda Unida, desde una posición más alejada de las élites, también ha hecho un esfuerzo notable por atraer las simpatías de los indignados. Pero el efecto más importante se ha vivido en la izquierda extraparlamentaria. Los foros de debate de la izquierda revolucionaria, los neomarxistas, los altermundistas o los socialistas utópicos son un hervidero de nuevas ideas y nuevas propuestas para actualizar sus programas y acercarlos a los problemas reales de la ciudadanía. Basta dar un paseo por el barrio de Gracia, Malasaña o el ciberespacio para comprobarlo.

Como siempre el brote de indignación ciudadana pilló a la derechita liberal mirando para otro lado. Estaba demasiado preocupada en que la agitación de la calle no alterara los sondeos demoscópicos de las inminentes elecciones municipales y autonómicas. No supo o no quiso calibrar la importancia del fenómeno. La derechita española muestra una capacidad pasmosa para huir del pasado (del inmediato y del lejano), para permanecer ajena a los fenómenos políticos del presente y para dilapidar su futuro. Se ha entregado a los brazos del neoliberalismo anglosajón y parece confiar su supervivencia en la traducción al español de las ideas de los Chicago Boys, la Heritage Foundation y el CATO Institute. Su única preocupación parece ser ganar las siguientes elecciones y olvida que lo que ocurre entre una cita electoral y la siguiente es, precisamente, la vida. Y que la vida pasa y no espera.

Esta derechita, enclenque y neoliberal, es la única que está sentada en el parlamento y presenta una preocupante alergia al debate. Desconfía de todo lo que nace en la calle y no en salones enmoquetados. En sus partidos no existe democracia interna, sino un nepotismo y una oligarquía sonrojantes. Sus medios de comunicación afines reclaman más firmeza ideológica frente a la izquierda, pero olvidan que el neoliberalismo no defiende valores sino intereses. Y cuando se acerca el periodo de elecciones, salvo honrosas excepciones individuales, tocan a rebato y todos de forma unánime hacen campaña para los mismos de siempre. Los pocos pensadores que aún tienen el valor para identificarse como “de derechas” asumen la línea oficialista porque saben que, de lo contrario, nadie vendrá a las presentaciones de sus libros y ya no serán invitados al campus de verano de FAES.

Esta derechita no tiene salvación. Tras treinta años de pseudo-conservadurismo pragmático ya no tiene nada que conservar. Pero no es éste el verdadero motivo por el que está condenada a languidecer hasta morir de inanición. Es su incapacidad para tomar el pulso a la actualidad y conectar con el corazón de la gente. Esta derechita va a adelgazar hasta que se quede en sus huesos ideológicos, que son el principio de libertad de empresa y poco más. Está permitiendo que la izquierda le arrebate los temas que le resultan propios: la soberanía nacional frente a las influencias extranjeras, la identidad como pueblo, la protección de la cultura propia, la calidad de vida y la salud, la vivienda, la familia y la maternidad, la protección de la naturaleza y del propio territorio, las costumbres locales y artesanales. Ha dejado que la izquierda le arrebate hasta el concepto de “bien común”, acuñado por Santo Tomás de Aquino. La izquierda, defensora hasta hace cuatro días de la lucha de clases, la dictadura (del proletariado), del internacionalismo, el productivismo económico y el materialismo histórico, se ha apropiado sin ninguna oposición de la derecha de las banderas de la democracia y la participación ciudadana, el regionalismo, la ecología y la lucha contra el consumismo.

La derechita acomplejada y de vuelo bajo ha creído que la defensa de la iniciativa privada y la libertad de empresa era la única trinchera para frenar al socialismo. Pero la crisis tan brutal que nos azota ha puesto de manifiesto que los intereses de la clase media son opuestos a los de la alta finanza y las grandes corporaciones. Un mismo partido o bloque ideológico no puede aspirar a representar a ambos. Por eso, el 15-M fue una oportunidad perfecta para que la derecha oficialista tomara conciencia de su distancia con los problemas de la gente e iniciara un proceso profundo de reflexión y renovación. Ha fracasado estripitosamente y ahora es el momento de que pida la alternativa una tercera vía procedente de la derecha nacional pero con una fuerte agenda social.

En el siguiente post explicaremos lo que ha ocurrido en Francia y por qué los jóvenes se suman en masa a un movimiento capaz de frenar con ilusión y firmeza la ola mediocre del progresismo.

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