INTERPRETACIÓN NEO-MARXISTA DE LA VÍA CATALANA (1 de 3)

Gramsci 2

Una visión alternativa a lo que está pasando en Cataluña desde una óptica revolucionaria. No es la economía, estúpido.

 

Situación actual: bocas abiertas frente al televisor 

A diferencia de otros años, el telediario del pasado 11 de septiembre no empezó con un recordatorio del atentado de las torres gemelas. Todas las cadenas nacionales (y muchas internacionales) empezaron con una espectacular cadena humana que iba desde un pueblo de Castellón a uno del sur de Francia. Solo los hooligans más sectarios y tuertos pueden negar éxito de movilización de los organizadores (la Assemblea Nacional de Catalunya). En la Vía Catalana participaron unas 400.000 personas de todas las edades, clases sociales, ideologías y pueblos de Cataluña. Esta exhibición de fuerza bajo el lema “Via catalana cap a la independència” supera la manifestación de Barcelona del año pasado (“Marxa cap a la independència”). Otra cosa que llama la atención era el clima popular, festivo y reivindicativo del acto. Salvo incidentes aislados, a lo largo de toda la jornada reinó un ambiente pacífico y democrático.

Ahora bien, ¿qué ha pasado en Cataluña? ¿Qué le ha pasado a Cataluña? El pasado 11 de septiembre la mayor parte de los españoles veía con asombro las imágenes que llegaban de todas partes de Cataluña. No entendían nada. ¿De dónde habían salido todos esos independentistas? ¿Qué ha pasado con la Cataluña moderada y del seny? También había caras de estupor entre los propios catalanes que vivimos bajo la dictablanda del nacionalismo.

Por la noche las tertulias televisivas y radiofónicas echaban humo. Desde los medios de comunicación afines a la socialdemocracia se relanzaban las tesis de la España federal, como si los nacionalistas que están a disgusto con un sistema de autonomías fueran a estar cómodos con un cambio burocrático. El socialismo ibérico está a la deriva en la cuestión nacional desde hace décadas precisamente porque ha dejado de creer en España como nación. La izquierda euro-comunista es víctima de sus propias construcciones ideológicas y produce situaciones tan esperpénticas como la de extremeños barbudos y con camisa de leñador aplaudiendo el “dret a decidir”.

En los medios de la derechita pudimos escuchar las explicaciones y las consignas de siempre. Los tertulianos liberales hablaban de dinero, de cómo iba a afectar a los catalanes la salida de España, la salida del euro. También hablaban del artículo 2 de la Constitución (la indisolubilidad de la Nación española) y el 155, que recoge la coacción estatal y que, en último término, permite la suspensión de las instituciones autonómicas. Hablaban incluso de sacar los tanques a la calle. Eso sí, al amparo del ordenamiento vigente.

La ultraderecha totalitaria no habló. No habló porque no sabe razonar. Se limitó a la acción directa. Un grupo de descontrolados reventó un acto institucional de la Generalitat en la librería Blanquerna de Madrid con consignas propias de un autobús escolar. De paso, tiró la bandera catalana al suelo, gesto que no solo ofendió a los nacionalistas sino también a nosotros, los catalanes antinacionalistas. No consiguieron nada a parte de dar buenos titulares a la prensa del establishment catalanista.

Que nosotros sepamos, en ningún medio se habló de poder o de batalla cultural, que es precisamente la que está librando (en solitario) el nacionalismo catalán desde hace décadas.

En este post nos proponemos dar una explicación a lo manifestado en la Vía Catalana desde la óptica del neo-marxismo de Antonio Gramsci (en la foto). Gramsci fue el fundador del Partido Comunista italiano y creador de uno de los métodos más completos y evolucionados de hegemonía ideológica. Sus análisis sobre la relación entre sociedad y poder han sentado las bases teóricas para las revoluciones modernas.

En Cataluña se ha producido un aparente vuelco de la noche a la mañana. En dos o tres años quienes eran catalanistas o nacionalistas se han metamorfoseado en independentistas. Si en Cataluña ha habido una revolución social, ¿quién mejor que Gramsci para explicarnos qué ha ocurrido?

Solo descubriendo dónde está el origen de la enfermedad podremos combatirla con efectividad. Todo lo demás será tratar los síntomas.

Es la cultura, estúpido. Estructura y superestructura.

Igual que otros marxistas, Gramsci reflexionó sobre cómo consigue la clase dominante (minoritaria) que las clases dominadas (mayoritarias) le obedezcan de una forma natural, sin tener que recurrir permanentemente a la coacción o las amenazas. Para ello analizó las nociones de ideología y cultura y estableció la distinción clave (y hoy clásica) entre “sociedad política” y “sociedad civil”.

La teoría marxista clásica distingue entre estructura y superestructura. La estructura consiste en el conjunto de relaciones materiales y económicas existentes en la sociedad. La superestructura es la ideología dominante que reproduce, perpetua y tiende a justificar esta estructura habituando a las conciencias a los valores convencionales que la soportan. El marxismo originario entendía que quien controlara la estructura pasaría a detentar el poder. Desde ahí, la labor revolucionaría debía ir orientada a cambiar esta estructura de forma que paralelamente cambiaría sola la superestructura (la cultura, los consensos y convenciones sociales, la forma de entender el mundo).

Gramsci partió de los conceptos de estructura y superestructura del marxismo, pero les dio la vuelta. Para él lo importante no era controlar los medios económicos, sino la cultura. La cultura conforma las mentes en función de la ideología dominante. Gramsci no creía que el objetivo fuera tomar los medios de producción, como Marx, ni los medios de poder político, como Lenin, sino a los medios de comunicación y educación, considerándolos como el objetivo básico para la conquista del poder. En su teoría, la revolución debía orientarse a cambiar la forma de ver el mundo. El control de la superestructura (de las mentes) permitiría tomar de forma paulatina y sin violencia la estructura y, por tanto, el poder. Algo así como hackear el software que mueve la máquina para tomar el control del hardware de forma natural.

En este punto Gramsci estudió a fondo la Revolución Francesa y la consagración de sus ideas (de las cuales procedían las ideas marxistas). El ideólogo italiano comprendió que antes de la toma de la Bastilla los espíritus de una buena parte del pueblo ya habían sido ganados a través de miles de panfletos, de libros y ensayos ilustrados, de comedias populares, de canciones y tonadillas. También comprendió que tiempo después cuando las bayonetas de los ejércitos de Napoleón llegaban a pueblos remotos de otros países de Europa una buena parte de la población les acogía con entusiasmo porque décadas antes habían llegado esos mismos libros, comedias y canciones con las ideas de la Ilustración. El trabajo revolucionario ya estaba hecho y solo faltaba recoger los frutos.

Gramsci también comprendió que la conquista de las instituciones económicas y de poder no daría paso a una revolución permanente si no iba precedido por una labor previa de moldear los espíritus de forma que se aceptasen voluntariamente los valores de la revolución. No se trataba de alcanzar el poder, se trataba también de preservarlo.

“No es la economía, estúpido”, hubiera dicho Gramsci. Es la cultura.

En los siguientes posts analizaremos la distinción entre “sociedad civil” y “sociedad política”, la “estrategia de las termitas” y la “agresión molecular”. Y veremos cómo los fumanchús del nacionalismo catalán han seguido paso a paso el manual de Gramsci en las últimas décadas.

 Gramsci cita

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