IGUALITARISMO LIBERAL, PRIVATIZACIONES PROGRESISTAS

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¿Qué ocurre cuando oponemos a estas ideologías sus demonios personales?

Los liberales reprochan a los socialistas su afición por el ‘igualitarismo’. A los liberales les encanta hablar de la meritocracia y muestran una radical oposición a lo que ellos denominan la “igualdad del éxito”. Un liberal que se precie entiende que las diferencias estimulan la competitividad y son un reflejo final del diferente grado de esfuerzo y talento invertido.

Pronuncia la palabra ‘igualdad’ cerca de un liberal convencido y notarás que empieza a soltar espumarajos por la boca, a girar la cabeza 180º y a maldecir en lenguas extrañas. Esto se debe, principalmente, a que su visión del mundo se centra en el plano económico (con sus distintos planos patrimonial, retributivo, fiscal, etc.)

Sin embargo, el liberalismo es actualmente uno de los mayores motores de igualitarismo. La globalización que propicia el radicalismo de mercado está provocando un proceso de convergencia y uniformización cultural. Los jóvenes españoles vestimos igual que los checos, los estadounidenses o los argentinos. Decoramos nuestra casa igual, escuchamos en la radio la misma lista de éxitos, comemos en las mismas cadenas de restaurantes, aceptamos los mismos consensos sin rechistar. Lo que no consiguieron los regímenes nazi ni soviético lo está consiguiendo el mercado y la lógica del beneficio empresarial.

Por eso, cuando un liberal reniega del ‘igualitarismo’, prueba a preguntarle si se refiere al económico o al cultural.

Algo parecido ocurre en la orilla socialista. Pronuncia la palabra ‘privatización’ y comprobarás que quien parecía un amable Gizmo progre se vuelve en un malhumorado Gremblin. Esto se debe, principalmente, a que un izquierdista asocia el término ‘privatización’ con el paso de una gestión pública a una gestión privada, con el consiguiente proceso de expolio, opacidad, amiguismo y reparto de pastel.

Sin embargo, el progresismo es actualmente uno de los mayores motores de privatización. Así, la izquierda pretende reducir toda manifestación religiosa al ámbito de lo privado. No puede haber ni una procesión de Semana Santa en la calle (con lo bonitas que son) ni una calle dedicada a un Santo (por muy beneficioso que hubiera sido su legado). ¿No es esto una privatización del hecho religioso? De igual forma, en cuestiones como el aborto o las tipologías de familia, el buen progre lo reduce todo a una cuestión de elección personal. O lo que es lo mismo, una cuestión privada, ajena al bien común. Renunciar a la posibilidad de que una sociedad se otorgue una ética comunitaria, ampliamente compartida y que refleje su propia identidad, ¿no supone una privatización de los estándares de comportamiento?

Por eso, cuando un progre reniegue de las ‘privatizaciones’, prueba a preguntarle si habla de las empresas públicas o de la moral pública.

En fin, ahí os dejamos unas paradojas tontorronas que no hacen sino poner en evidencia que las ideologías liberal y socialista se han repartido a su conveniencia las reglas y los términos del debate político actual. El sentido común seguramente se encuentra en otro lugar. Y es en ese otro lugar donde podemos empezar a edificar una alternativa a los excesos de ambos. Una tercería vía que abrace la pluralidad y las diferencias culturales, que valore el esfuerzo y el mérito pero a la vez desconfíe de las grandes diferencias económicas. Una tercera vía que defienda la propiedad privada, siempre que esté bien repartida y sin renunciar a su fin social. Una tercera vía que entienda como positiva la gestión privada (desconfiando de las grandes corporaciones sin arraigo) y que a la vez reconozca que en algunos ámbitos concretos es deseable una gestión pública. Una tercera vía que, en cuestiones éticas, esté más allá del individualismo y del autoritarismo, y que reconozca la necesidad de compartir y respetar una moral pública como premisa para la cohesión social y el compromiso comunitario.

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