¿ESPAÑA, S.A.? NO, GRACIAS

¿Marca España? ¿Quién se sacrifica y se entrega por una marca?

España S.A.

Recientemente leí un artículo de prensa en el que se decía por enésima vez que España debe pasar a organizarse como una empresa y debe empezar a aplicar criterios de eficiencia. El argumento tiene muy buena acogida en los sectores de la derechita y la izquierda caviar y, por tanto, requiere pocas explicaciones adicionales. Sin embargo, a mí me produce cierto repelús y, por qué no decirlo, un poco de tristeza.

Ya sé que la intención del autor es buena y lo que quiere decir es que el Estado debe mejorar su organización para asegurar su superviviencia. No tengo reparos a la idea, pero me incomoda la forma mercantilizada de exponerla. Adoptar la jerga empresarial trivializa lo que es España. Una empresa es, en esencia, una sociedad con ánimo de lucro. España es mucho más que eso. Es una comunidad orgánica, unida por fuertes vínculos y que comparte una misma mirada sobre el mundo.

No se trata de una cuestión aislada. Las instituciones de la Unión Europea se refieren a sus miembros como socios (“partners”), cuando somos algo superior, somos aliados y (supuestamente) tenemos un proyecto de vida en común. Hoy en día es un lugar común hablar de la “marca España” en los medios informativos. Los “emprendedores” (ya no existen “empresarios”) son nuestros mejores “activos”. Las universidades ya no buscan el saber y la verdad, ahora son centros de “I+D+I”.  “Apostar” por los jóvenes es una “inversión segura”. Sólo así se puede generar “talento” y mejorar nuestro “capital humano”. Con estas “recetas” económicas, el gobierno gobierno podrá “poner en valor” sus medidas y “capitalizar” sus buenos resultados para poder volver a la “senda del crecimiento”.

Afrontémoslo: el imaginario occidental está empapado y colonizado por la dialéctica empresarial. De forma consciente o inconsciente estamos aplicando la jerga de los negocios y los mercados a ámbitos de la vida que no tienen, o mejor dicho, no deberían tener nada que ver con la economía. Es una constatación más de cómo la economía, no contenta con haber pasado a ocupar el lugar central de nuestra sociedad, amenaza con extenderse a todas las otras áreas.

Este proceso de mercantilización del lenguaje se ha acelerado en España desde los años ochenta. Las palabras no son neutrales. El lenguaje influye y condiciona nuestra forma de entender la realidad. Existen multitud de organizaciones que combaten activamente el lenguaje sexista o discriminatorio. El progresismo ha construido toda una Neolengua artificial para moldear el mundo a través del lenguaje. Sin embargo, no se aprecian grandes iniciativas para desenmascarar la malversación política del discurso neoliberal. De hecho, podemos observar que amplios sectores que se consideran conservadores están altamente contaminados por esta enfermedad del lenguaje. Consideran erróneamente que la defensa de la competencia y el libre mercado a ultranza es la única forma de poner freno al socialismo. Parten de la premisa equivocada de que los enemigos de tus enemigos son tus amigos.

El lenguaje es un campo de batalla demasiado importante para dejarlo en manos del adversario. En la Casa en el Árbol hemos iniciado una lucha para combatir una concepción del mundo basada en criterios meramente materialistas y utilitaristas. Denunciar su propaganda subliminal es el primer paso. Definir un diccionario alternativo es el segundo. A esta y otras tareas nos dedicaremos en este blog.

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