ESPAÑA NECESITA UN RELATO (QUE ILUSIONE)

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La estrategia frente al desafío independentista está equivocada. No debemos oponer cifras y miedo, sino un nuevo relato colectivo. Es hora de recuperar los mitos que mantienen unidos a los pueblos.

Problema: el desafío independentista

El nacionalismo catalán ha acelerado su estrategia política y ha situado en el eje del debate la celebración de un referéndum sobre la independencia. Tal y como se ha demostrado en las últimas autonómicas, sus argumentos están bien pensados, estructurados y son altamente persuasivos. A los argumentos clásicos de corte emotivo o romántico han añadido recientemente otros de tipo económico. Estos argumentos pivotan sobre la idea de que Cataluña está siendo expoliada por España y han calado incluso en capas sociales históricamente poco receptivas a tesis independentistas. El argumento no está basado en ningún estudio empírico mínimamente riguroso ni analiza las consecuencias económicas a corto, medio y largo plazo de una Cataluña independiente. Cierto. Ni falta que les hace. Es un argumento que apasiona, que enamora. La fuerza del argumento radica en su sencillez. Ha tocado una fibra oculta en el subconsciente de muchos catalanes que han conectado con esa afirmación de una forma emocional, no científica. Tratar de oponer a este argumento emocional datos y cifras es un tremendo error.

Ahora mismo, las tres grandes líneas del proyecto independentista son las siguientes:

  • Som una nació. Cataluña es un pueblo con una historia, una lengua y una cultura propias y distintas del resto de comunidades de España.
  • Dret a decidir. El futuro de Cataluña debe ser decidido única y exclusivamente por los catalanes. El derecho de autodeterminación es aplicable a una región de un Estado europeo.
  • España está expoliando a Cataluña.

La argumentación es simple y ha arraigado en gran parte de la opinión pública. Incluso muchos que no quieren la secesión miran con buenos ojos la celebración de la consulta. No tengo tan claro que sus oponentes tengamos elaborado un proyecto tan bien definido. Causa vergüenza ver a los supuestos defensores de España en las tertulias y debates blandir como argumentos contra la secesión un posible boicot de los productos catalanes, la pérdida para la población catalana de las cotizaciones a la Seguridad Social o la expulsión de la Unión Europea. ¿Sólo tenemos argumentos de miedo?

Deseo y miedo

Los dos grandes motores de la voluntad son el deseo y el miedo. Todas nuestras actuaciones buscan acercarnos a algo que queremos o alejarnos de algo que tememos. La ofensiva secesionista está basada en argumentos de deseo (de decidir, de libertad, de independencia). Hasta la fecha, la respuesta a este desafío está basada casi exclusivamente en el miedo. Frente al argumento del derecho a decidir se invoca el artículo 2 de la Constitución (la indisolubilidad de la Nación española) y el 155, que recoge la coacción estatal y que, en último término, permite la suspensión de las instituciones autonómicas. Frente al argumento del expolio, se afirma que una Cataluña independiente será menos próspera, sufrirá las represalias (a través del mercado) del resto de España y la salida de las instituciones europeas. El problema está en que la motivación basada en el miedo sólo funciona bien a corto plazo. A largo plazo todos basamos nuestras decisiones en el eje del deseo.

Está claro que ni Artur Mas ni su camarilla van a romper España en esta ocasión. De hecho, el gobierno de la Generalitat ya presenta signos de descomposición. España es una nación con cinco siglos de historia que ha prevalecido en situaciones mucho más adversas (invasiones, guerras civiles, golpes de estado). A la luz de la historia, Artur Mas es un personajillo con aires de grandeza pero sin ninguna relevancia real. Además, ha elegido mal los tiempos y ha precipitado los acontecimientos. En primer lugar, Artur Mas se ha dejado llevar por el mesianismo y por una necesidad urgente de acallar las críticas sociales que estaba generando su programa de reformas. En segundo lugar, el proyecto nacionalista todavía no estaba lo suficientemente maduro para este golpe de efecto. En tercer lugar, la Convergència de Mas ha sido una máquina de fabricar independentistas que han entregado en bandeja a ERC. El propio aparato del partido tendrá que buscar una salida para asegurar su supervivencia. Artur Mas se dirige inexorablemente al Maelstrom y a medida que se acerque las ratas irán saltando de su barco. Ya ocurrió con Ibarretxe, otro pequeño oportunista de quien ya nadie se acuerda.

Solución: Combate cultural

Sin ninguna duda este pulso lo vamos a ganar. Pero eso no significa que más adelante otro iluminado mejor preparado y en unas circunstancias más favorables no pueda romper la patria. Treinta años de control de la educación, de la comunicación y del poder autonómico han conseguido que actualmente buen catalán sea sinónimo de nacionalista catalán. Llevan treinta años fent país. Conseguir que, para las mentes biempensantes, nacionalista catalán sea sinónimo de independentista catalán probablemente les llevará menos de tres décadas.

La verdadera batalla que debe librarse es la cultural. En Cataluña, el establishment cultural está monopolizado por el nacionalismo (medios de comunicación, colegios, universidades, clubes deportivos, editoriales, certámenes, museos, fiestas populares, etc.). Debemos estar presentes en estos centros y en las redes sociales mucho más que en las alcaldías, diputaciones o en la Generalitat. Todo gran cambio político viene precedido por un cambio cultural. En ese punto el cambio político no genera tensiones ni ruptura porque el pueblo lo tiene asimilado en su mente desde mucho antes.

España no necesita argumentos de miedo, ni argumentos economicistas (lo de la “Marca España” es ya una broma). España necesita un relato que emocione. Aristóteles en su Retórica plantea que la persuasión reside en tres planos: uno corresponde al ethos (persuade el emisor, quién dice algo), otro el logos (persuade el contenido, qué se dice) y el último el pathos (persuade la pasión, la fuerza, el tono…). Ahora mismo los defensores de la unidad de España se están centrando casi en exclusiva en el logos. Proporcionan datos sobre el mercado interior de España, la balanza fiscal, el volumen de exportaciones de las empresas catalanas. También citan la constitución de arriba a abajo. Cifras, gráficos, estadísticas, preceptos. Estrategia perdedora.

Barcelona ’92 es un buen ejemplo de proyecto colectivo ilusionante. Toda la ciudad se volcó en la construcción de unas Olimpiadas que parecía imposible que pudieran estar listas a tiempo. No funcionaron los eslóganes tecnócratas que apelaron a una ciudadanía responsable ni las cifras sobre los ingresos que podían generar el turismo. Fueron las ganas de renovar la ciudad, de demostrar que la ciudadanía era capaz de hacer lo que se propusiera y de volver a ser un orgullo para el mundo. Los iconos de Mariscal, las canciones sobre la ciudad y la mística de los voluntarios hicieron el resto.

El pueblo de los Estados Unidos carece de vínculos históricos, culturales, religiosos o raciales. Sin embargo, ningún estadounidense duda de que sean una nación. La mejor nación, según proclama constantemente Obama. Sus dirigentes han sabido construir a lo largo de las décadas un relato aglutinador que actúa en la conciencia colectiva como garantía de unidad. Los elementos de este relato son muy simples: una bandera, un himno, unos valores de libertad y democracia y algunas referencias históricas como los padres fundadores, la constitución o el Mayflower y algunas tradiciones como Acción de Gracias. Los españoles tenemos muchos más elementos y mucho más profundos para construir ese relato que nos emocione. Nos aglutina la misma cultura hispánica y en nuestro subconsciente colectivo seguimos teniendo una unidad de fe. Además, nuestro pasado común está lleno de gestas y creaciones colectivas. Los últimos acontecimientos deportivos nos demuestran que existe una ilusión colectiva que desea despertar. Sólo debemos tejer el hilo conductor y generar de nuevo los mitos o ilusiones colectivas que nos unan. Y aquí resulta esencial la acción pública mediante la televisión y la subvención a las artes y la acción privada a través de asociaciones culturales, sobre todo a nivel local y de barrio. No es tarde. Estamos a tiempo, pero debemos ponernos manos a la obra.

Lo bueno del golpe en la mesa de Artur Mas y sus nuevos amiguetes de ERC es que puede servir para que finalmente algunos se despierten.

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