EL PAPA FRANCISCO Y LA ECONOMÍA QUE MATA (2 de 2)

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“La dictadura económica se ha adueñado del mercado libre” Pío XI

La semana pasada revisamos algunos de los pasajes más interesantes de la exhortación Evangelii Gaudium en materia económica. En este post vamos a ver que las ideas del Papa Francisco están en perfecta armonía con la doctrina social de la Iglesia y los textos de sus predecesores. Se equivocan quienes, desde posiciones de derecha liberal, lo han calificado de rupturista o marxista. Igualmente, se equivocan quienes, desde posiciones de izquierda, le han llamado progresista o Papa rojo. Francisco es, simplemente, un católico convencido, alegre y coherente. Y eso, en un Occidente herido por el individualismo, el mercantilismo y la cultura del miedo, resulta transgresor.

El Papa Francisco ha denunciado la “idolatría del dinero” y la “economía que mata” y ha llamado “nueva tiranía” al capitalismo sin controles. Tiene una habilidad innata para comunicar de forma sencilla y por medio de imágenes. Sus expresiones pueden tener más gancho que las de otros Papas, pero sus ideas guardan una hermosa continuidad con los principios católicos en materia económica y social.

A continuación vamos a revisar algunos pasajes de otras encíclicas o textos papales que pueden sorprender a quienes creen que, hasta la llegada del Papa Francisco, la doctrina social de la Iglesia ha sido permisiva con una economía sin restricciones y sin una orientación moral y social:

“Rerum Novarum”

Rerum novarum («De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos») es la primera encíclica social de la Iglesia. Fue promulgada por el Papa León XIII en 1891. Como dijo de este texto Pío XI “tomó a su cargo personalmente, con toda valentía, la causa de los obreros” y ofreció una visión cristiana de la economía y la sociedad “sin recurrir al auxilio ni del liberalismo ni del socialismo, el primero de los cuales se había mostrado impotente en absoluto para dirimir adecuadamente la cuestión social, y el segundo, puesto que propone un remedio mucho peor que el mal mismo, habría arrojado a la humanidad a más graves peligros”.

Si las palabras del Papa Francisco han escocido a muchos, escuchemos la voz de León XIII en defensa de los más vulnerables:

es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”.

Con Rerum Novarum la Iglesia inaugura una doctrina económica basada en una orientación moral y que busca la justicia social. Desde el primer momento se ha denunciado la falta de control de las “instituciones públicas” y la competitividad como regla última de la economía (“la desenfrenada codicia de los competidores”).

Si el Papa Francisco es marxista (como dice el ministerio de propaganda de los mercaderes liberales), ¿qué era León XIII?

Quadragesimo Anno

“Quadragesimo anno”

Quadragesimo anno es una encíclica de Pío XI promulgada en 1931, con ocasión del 40º aniversario de Rerum Novarum. El Papa dedica una buena parte de su obra a defender la necesidad de restaurar el principio rector de la economía, más allá de socialismo y liberalismo.

Lamentamos comunicar a los predicadores del laisser faire que ese principio rector no es la competitividad sino la justicia social. Agarraos a la silla:

 88.  Queda por tratar otro punto estrechamente unido con el anterior. Igual que la unidad del cuerpo social no puede basarse en la lucha de “clases”, tampoco el recto orden económico puede dejarse a la libre concurrencia de las fuerzas.

Pues de este principio, como de una fuente envenenada, han manado todos los errores de la economía “individualista”, que, suprimiendo, por olvido o por ignorancia, el carácter social y moral de la economía, estimó que ésta debía ser considerada y tratada como totalmente independiente de la autoridad del Estado, ya que tenía su principio regulador en el mercado o libre concurrencia de los competidores, y por el cual podría regirse mucho mejor que por la intervención de cualquier entendimiento creado.

Mas la libre concurrencia, aun cuando dentro de ciertos límites es justa e indudablemente beneficiosa, no puede en modo alguno regir la economía, como quedó demostrado hasta la saciedad por la experiencia, una vez que entraron en juego los principios del funesto individualismo.

Es de todo punto necesario, por consiguiente, que la economía se atenga y someta de nuevo a un verdadero y eficaz principio rector. Y mucho menos aún pueda desempeñar esta función la dictadura económica, que hace poco ha sustituido a la libre concurrencia, pues tratándose de una fuerza impetuosa y de una enorme potencia, para ser provechosa a los hombres tiene que ser frenada poderosamente y regirse con gran sabiduría, y no puede ni frenarse ni regirse por sí misma.

Por tanto, han de buscarse principios más elevados y más nobles, que regulen severa e íntegramente a dicha dictadura, es decir, la justicia social y la caridad social. Por ello conviene que las instituciones públicas y toda la vida social estén imbuidas de esa justicia, y sobre todo es necesario que sea suficiente, esto es, que constituya un orden social y jurídico, con que quede como informada toda la economía.”

El Papa Francisco dice que “hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”. Pío XI ya había apuntado en esa misma dirección décadas atrás al predecir que a la libre competencia le sucedería la dictadura económica.

Advertimos a nuestros lectores más liberales que las palabras de Pío XI pueden herir su sensibilidad:

105.     Salta a los ojos de todos, en primer lugar, que en nuestros tiempos no sólo se acumulan riquezas, sino que también se acumula una descomunal y tiránica potencia económica en manos de unos pocos, que la mayor parte de las veces no son dueños, sino sólo custodios y administradores de una riqueza en depósito, que ellos manejan a su voluntad y arbitrio.

106.       Dominio ejercido de la manera más tiránica por aquéllos que, teniendo en sus manos el dinero y dominando sobre él, se apoderan también de las finanzas y señorean sobre el crédito, y por esta razón administran, diríase, la sangre de que vive toda la economía y tienen en sus manos así como el alma de la misma, de tal modo que nadie puede ni aun respirar contra su voluntad.

107.       Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi característica de la economía contemporánea, es el fruto natural de la limitada libertad de los competidores, de la que han sobrevivido sólo los más poderosos, lo que con frecuencia es tanto como decir los más violentos y los más desprovistos de conciencia.

108.       Tal acumulación de riquezas y de poder origina, a su vez, tres tipos de lucha: se lucha en primer lugar por la hegemonía económica; es entable luego el rudo combate para adueñarse del poder público, para poder abusar de su influencia y autoridad en los conflictos económicos; finalmente, pugnan entre sí los diferentes Estados, ya porque las naciones emplean su fuerza y su política para promover cada cual los intereses económicos de sus súbditos, ya porque tratan de dirimir las controversias políticas surgidas entre las naciones, recurriendo a su poderío y recursos económicos.

109.       Últimas consecuencias del espíritu individualista en economía, venerables hermanos y amados hijos, son ésas que vosotros mismos no sólo estáis viendo, sino también padeciendo: la libre concurrencia se ha destruido a sí misma; la dictadura económica se ha adueñado del mercado libre; por consiguiente, al deseo de lucro ha sucedido la desenfrenada ambición de poderío; la economía toda se ha hecho horrendamente dura, cruel, atroz.”

La economía “horrendamente dural, cruel, atroz” es la “economía que mata” de la que hoy nos habla el Papa Francisco. ¿Era también marxista Pío XI?

JUan Pablo II

«Centesimus annus»

Y llegamos a Juan Pablo II. Él promulgó la encíclica Centesimus annus en 1991, con ocasión del centenario de Rerum Novarum. Es conocido que Juan Pablo II luchó incansablemente contra el comunismo, en tanto que doctrina materialista y totalitaria (muchos nunca se lo perdonaron). Pero eso no le convierte en un defensor del libre mercado sin restricciones. Al contrario, tras la caída de la URSS y el colapso del comunismo, Juan Pablo II advirtió del riesgo de que, caído un freno, se expandiera “una ideología radical de tipo capitalista”. De nuevo, un Papa leía con claridad el signo de los tiempos y anticipaba la evolución que iba a tener la economía:

42. (…) La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos se alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes muchedumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y moral. El fracaso del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para resolverlos. Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas de mercado.

43 (…) la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que «trabajan en algo propio»,[1] al ejercitar su inteligencia y libertad”.

En resumen, la Iglesia siempre ha condenado la ideología de mercado sin restricciones y ha defendido la justicia social como principio rector. Los liberales que llaman marxista y rupturista a Francisco y los progresistas que le saludan como el Papa rojo lo único que demuestran es su profundo desconocimiento de la doctrina social de la Iglesia y el rico legado en el que se ha inspirado el Papa. La comunidad católica no tiene motivos para la alarma.

La Iglesia siempre ha hablado claro. Y siempre ha estado del lado del débil y del desvalido. Siempre ha salido a los caminos para llevar su mensaje de paz y esperanza, también en materia económica. Cuestión distinta es que existe un poderoso entramado de intereses que hace que la voz de la Iglesia no llegue a los ciudadanos o llegue distorsionada.

Igual que en los siglos XIX y XX, los católicos del siglo XXI tenemos que estar más allá del socialismo y del capitalismo. El clima de optimismo y renovación que ha traído el Papa Francisco debe servirnos para ofrecer al mundo una nueva visión de un antiguo ideal.



[1] Cf. Enc. Laborem exercens, 15: l.c., 616-618.

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