EL PAPA FRANCISCO Y LA ECONOMÍA QUE MATA (1 de 2)

primavera

Aviso a los libremercaderes del templo: el catolicismo es incompatible con el fundamentalismo de mercado.

Una vez pasado el revuelo causado por la publicación de Evangelii Gaudium es el momento de realizar una lectura sosegada de su contenido. Entre otras cuestiones, en este texto el Papa Francisco realiza una dura crítica del modelo económico hegemónico, basado en el capitalismo del laisser faire y las finanzas.

Las palabras del Papa Francisco han sentado muy mal entre los defensores del libre mercado sin restricciones. No son pocos los autores liberales que han tachado al Pontífice de socialista, de estatalista, de intervencionista o de cosas parecidas. Sin embargo, en este artículo veremos que el Papa Francisco se mueve en la ortodoxia de la doctrina social de la Iglesia y que en sus textos no hay ruptura con sus predecesores, sino una armoniosa continuidad.

En nuestra opinión, el Papa Francisco ha puesto las cosas un poco más difícil a aquellos que, sintiéndose católicos, justifican una economía sin un sentido social y en la cual la competitividad es la norma final que lo rige todo.

A los sectores mercantilistas les molesta que la Iglesia hable de justicia, de solidaridad y de bien común en materia económica y social. De igual forma, a los sectores progresistas les molesta que la Iglesia hable de justicia, de solidaridad y de bien común en materia moral y familiar. Pero en realidad son las dos caras de una misma moneda, porque la dignidad de la persona debe preservarse en todas las facetas de la vida, aunque moleste a los programas de determinadas ideologías.

A continuación, pasamos a analizar algunos de los pasajes de la exhortación Evangelii Gaudium que más polvareda han levantado.

1) El Papa condena un régimen económico que provoca que grandes grupos de la sociedad se vean excluidos del sistema. Los más vulnerables ya no son explotados, sino simplemente apartados e ignorados. Francisco critica, por injusto, un modelo en el que la competitividad es el principio rector. Los Diez Mandamientos rigen en el mercado igual que rigen en la sociedad. Con un toque de genialidad, el Papa reconduce la injusticia social y económica del “No robarás” al “No matarás”:

53. Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida.” 

2) El Papa Francisco cuestiona también otro de los pilares de la economía liberal desregularizada y niega que el libre mercado pueda conducir por sí solo, sin ningún tipo de acción orientadora, a la justicia. También muestra su escepticismo sobre las motivaciones últimas que mueven a los principales agentes económicos:

54. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”.

3) El Papa Francisco sanciona la autonomía absoluta de los mercados, la lógica del beneficio puro, la especulación, la injusticia inherente a la apropiación excesiva de bienes por parte de unos pocos y a la “nueva tiranía” del dinero que coarta el camino de los pueblos y los ciudadanos:

56. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.”

El Papa, como siempre ha hecho la Iglesia, reconoce el derecho de los Estados para velar por el bien común. Para la doctrina social cristiana, el “bien común” no son los bienes de titularidad común o pública (aunque puedan formar parte de él). “El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social, con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” (Juan XXIII: ” Pacem in terris”).

En otras palabras, el Estado tiene el deber y la función social de preservar que el orden económico y social permita a las personas y organizaciones intermedias avanzar hacia la virtud. La economía del laisser faire y la autonomía total de los mercados es incompatible con una visión cristiana porque niega esta realidad.

4) Por otro lado, la exhortación Evangelii Gaudium insiste en el concepto de “salario justo”, que es una de las exigencias fundamentales de la doctrina social cristiana. El salario justo no es el que resulta del cruce de la oferta y la demanda. En la tradición cristiana, el salario justo es aquel que permite a una familia vivir con dignidad y tener cubiertas sus necesidades básicas (que más allá de la mera subsistencia):

192. Pero queremos más todavía, nuestro sueño vuela más alto. No hablamos sólo de asegurar a todos la comida, o un «decoroso sustento», sino de que tengan «prosperidad sin exceptuar bien alguno». Esto implica educación, acceso al cuidado de la salud y especialmente trabajo, porque en el trabajo libre, creativo, participativo y solidario, el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida. El salario justo permite el acceso adecuado a los demás bienes que están destinados al uso común.”

minimum wage

5) El Papa Francisco sentencia con rotundidad que las inercias de los mercados no son suficientes para articular un orden social justo. Aboga por la necesidad de orientar la economía conforme a procesos concebidos para fomentar la distribución de los bienes y la opción preferencial por los más desfavorecidos:

204. Ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo. Estoy lejos de proponer un populismo irresponsable, pero la economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos”.

[Nota nuestra: Los programas orientados a una mejor distribución pueden ser impulsados por el Estado o, en nuestra opinión, preferiblemente, por asociaciones intermedias].

La “mano invisible” es una metáfora que expresa en economía la capacidad autorreguladora del libre mercado. Fue acuñada por el padre del liberalismo económico, el filósofo Adam Smith. Es generalmente aceptado que tanto la teoría de la mano invisible como el laissez faire de Jean-Claude Marie Vicent de Gournay representan los fundamentos ideológicos del liberalismo clásico.

Vemos que el Papa Francisco no se limita a condenar el capitalismo “salvaje” o “depredador”. Para incomodidad de muchos católicos acomodados en un sistema económico y social injusto, el Pontífice va mucho más allá, y condena todo modelo económico basado en un libre mercado sin restricciones de ningún tipo.

Se han acabado los argumentos a los libremercaderes del templo para sostener con coherencia la fe católica y el fundamentalismo de mercado.

¿Significa esto que la Iglesia condena de plano el capitalismo? Nosotros no tenemos autoridad para responder a esta pregunta. Nos remitimos a lo dicho por Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus (1991). Este documento conmemoraba, precisamente la encíclica Rerum Novarum que sentaba las bases de la doctrina social de la Iglesia y denunciaba el capitalismo industrial y la respuesta errónea del socialismo. Pues bien, dice Juan Pablo II:

Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?

La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa”.

En resumidas cuentas, más allá de términos y etiquetas cambiantes según las épocas, la Iglesia condena una economía desregularizada, escindida de la moral y basada únicamente en el libre mercado sin límites. El Papa Francisco en Evangelii Gaudium da mayor precisión a los principios económicos fundamentales de la doctrina social de la Iglesia e identifica, para que no queden dudas, algunas líneas rojas que un modelo económico respetuoso con el cristianismo no puede cruzar.

Si la competitividad absoluta y la autonomía de los mercados no son los principios rectores de la economía, ¿cuáles son? El Papa Francisco da unas orientaciones muy claras en este pasaje:

203. La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica, pero a veces parecen sólo apéndices agregados desde fuera para completar un discurso político sin perspectivas ni programas de verdadero desarrollo integral. ¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia. Otras veces sucede que estas palabras se vuelven objeto de un manoseo oportunista que las deshonra. La cómoda indiferencia ante estas cuestiones vacía nuestra vida y nuestras palabras de todo significado. La vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida; esto le permite servir verdaderamente al bien común, con su esfuerzo por multiplicar y volver más accesibles para todos los bienes de este mundo.

En otras palabras, un modelo económico coherente con una visión cristiana debe estar orientado a la justicia social y el bien común. Debe estar fundamentado en la solidaridad y la subsidiariedad (principio conforme al cual una unidad económica no debe hacer algo que pueda hacer otra unidad de tamaño más reducido y más cercano a la persona), conforme a los principios de propiedad privada (limitada por su función social y el destino universal de los bienes), distribución de bienes e ingresos, dignidad de la persona y del trabajo como fuente de generación de riqueza (y no las rentas y el capital).

La Iglesia no propone un modelo económico concreto, sino que ofrece orientaciones. Los modelos verdaderamente eficaces sólo pueden ser el resultado de la adaptación de estas orientaciones a las realidades históricas, políticas, sociales, económicas y culturales de cada pueblo.

distributist-Christ

A los miembros de La Casa en el Árbol nos gustan los planteamientos del distributismo, que es una filosofía económica inaugurada por Chesterton y Belloc y que, sin ser confesional, se inspira en la doctrina social de la Iglesia. Es una escuela de pensamiento muy poco conocida en España pero que goza de buena salud en países como Estados Unidos, Inglaterra o Australia.

En el siguiente post veremos que las ideas de Francisco no son radicales ni rupturistas, sino que están en perfecta sintonía con las expresadas por otros Papas como León XIII, Pío XI o Juan Pablo II.

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