DISTRIBUTISMO: UNA ECONOMÍA CON ROSTRO HUMANO

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La tercera vía más allá del capitalismo y el socialismo.

El actual modelo económico está pasando por su momento de mayor contestación desde la caída del comunismo. Se empieza a hablar de economía de casino. De economía del descarte o “economía que mata”.

Juan Pablo II en su encíclica «Centesimus annus» (1991) ya prevenía frente a este tipo de economía radical: “existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración [los problemas de marginación, explotación y alienación], porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas de mercado”.

La actual crisis ha demostrado que los intereses de las clases medias y de las grandes multinacionales son opuestos. Las clases medias están haciendo un esfuerzo proporcionalmente muy superior al de los grandes conglomerados empresariales para soportar el peso de la crisis. En el 2012 el Estado solo vio reducido un 3% sus ingresos por IRPF, mientras perdió el 52% sus ingresos por impuesto de sociedades. Las grandes sociedades cotizadas son las ganadoras de la crisis.

Por otro lado, en España se ha generado un nuevo grupo social: el precariado. Una clase media-baja empobrecida que vive a caballo entre la economía de subsistencia y las ayudas sociales. Tenemos también una generación de jóvenes perdida, que ve el paro de larga duración en el horizonte y que probablemente nunca llegará a ser propietaria de una casa. Además, la Unión Europea presiona hacia la implantación en España de una política que dificulte el acceso a la propiedad de la vivienda y fomente el alquiler (ver nuestro post: Agenda europea: Último asalto al hogar).

Hasta ahora todo el descontento producido por este modelo económico se está canalizando a través de movimientos de izquierda hetorodoxa. Este sector acierta muchas veces en su denuncia de los abusos del capitalismo, pero ofrece unas propuestas que no acaban de convencer al ciudadano medio porque miran con recelo la propiedad privada y acaban cayendo en una excesiva dependencia del Estado. Por su lado, la derecha hace tiempo que ha dejado de hablar de la economía social de mercado o incluso de capitalismo popular y se encuentra ideológicamente desarmado para elaborar propuestas para proteger la economía de las clases medias y trabajadoras frente a los excesos del modelo actual.

Ahora que la propiedad privada se encuentra más amenazada que nunca (tanto por las élites económicas como por las escuelas de pensamiento post-marxista) es el momento de refundar la propiedad privada y buscar alternativas económicas sensatas basadas en la mejor distribución de los medios de producción, el comercio justo y la perspectiva familiar.

Cada vez somos más los que vemos en el distributismo una excelente fuente de inspiración. Se trata de una hermosa tercera vía que se inspira en la doctrina social cristiana y que va más allá del capitalismo y del socialismo. Fue concebida por Chesterton, Belloc y otro puñado de intelectuales disidentes pero fue desbaratada por la llegada de las guerras mundiales. En el socialismo todos los bienes de producción están en manos del Estado y en el capitalismo se tiende al oligopolio y al monopolio, de forma que toda la propiedad acaba concentrada en pocas manos. Ambos caminos conducen al Estado Servil. El distributismo trata de asegurar que la mayoría de las personas se conviertan en propietarios de la propiedad productiva. Ni toda la riqueza para unos pocos ni toda la propiedad para el Estado: pequeña propiedad privada para todos. El distributismo se basa en una economía más local, arraigada a la comunidad, y en la que se favorecen los pequeños negocios familiares.

Para caminar hacia el distributismo no es necesaria una fractura. Basta una evolución o una “revolución razonable”, por utilizar la expresión de Chesterton. En España contamos con las bases necesarias. La Constitución consagra el derecho a la propiedad privada al cual se le apareja una función social (art. 33.1) y establece que los poderes públicos asegurarán la protección económica de la familia (art. 39.1), facilitarán el acceso a una vivienda digna (art. 47), fomentarán las cooperativas y el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción (art. 129.2) y estimularán el crecimiento de la renta y de la riqueza y su más justa distribución (art. 131.1).

El pasado junio, en una entrevista televisada el Papa Francisco afirmó que en el mundo de hoy «descartamos toda una generación por mantener un sistema que no es bueno». Y añadió que la gran revolución es ir a las raíces, «reconocerlas y ver lo que esas raíces tienen que decir el día de hoy. No hay contradicción entre revolucionario e ir a las raíces».

En Europa y en España tenemos unas hondas raíces en las que inspirarnos. Un modelo de orden económico y social que se edifica sobre la noción de bien común, la propiedad privada como derecho natural y que se encuentra al servicio de la persona, entendida como titular de dignidad, no como simple consumidor o fuerza de trabajo.

En futuros posts veremos que en otros países existen hoy economistas y políticos que se definen abiertamente como distributistas. Es una escuela de pensamiento que en España apenas se conoce pero que tiene buenas oportunidades para arraigar debido a la huella católica que todavía hay en nuestra cultura.

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