CRECIMIENTO SOSTENIBLE, QUIMERA INSOSTENIBLE (3 de 3)

No hay nada más conservador que el respeto al propio territorio y la solidaridad entre generaciones

decrecimiento acercando

El próximo combate: hacia un futuro limpio

El cambio necesario no va a venir de los beneficiarios del orden actual. El desarrollo sostenible sólo puede ser posible si se acota y se restringe el concepto de “necesidades”. Y aquí será necesario aplicar democráticamente ajustes profundos y, reconozcámoslo, dolorosos en las sociedades modernas cuyo transporte, agricultura e industria dependen mucho del bajo coste y la alta disponibilidad del petróleo. Supondrá eliminar todo lo superfluo de nuestra sociedad y refundar nuestro estilo de vida. Un nuevo estilo de vida en el que, como comunidad, optemos por la vía de la simplicidad voluntaria y una mejor distribución de la propiedad privada. Mejor con menos.

En el primer post veíamos que el “desarrollo sostenible” se había definido como un “modo de desarrollo que permita la satisfacción de las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las propias”. Pues sólo limitando voluntariamente nuestras necesidades presentes evitaremos comprometer las necesidades de las generaciones futuras. Como decía Gandhi:

necesitamos vivir simplemente para que los demás puedan simplemente vivir”.

La prensa de la derecha oficial no acepta este tipo de planteamientos. Entiende incorrectamente que se trata de tesis izquierdistas que buscan debilitar el sistema económico actual. En realidad, no hay nada más conservador que la solidaridad entre generaciones. Burke decía que “el conservadurismo es una relación entre los muertos, los vivos y los que todavía no han nacido”. Las generaciones presentes debemos hacer un ejercicio de responsabilidad para preservar la dignidad del planeta y permitir a nuestros descendientes una vida próspera y trascendente. El neoliberalismo actual es el resultado de la unión contra natura entre el productivismo capitalista y el conservadurismo político. Su orientación irracional al beneficio pone en peligro los valores conservadores que dice defender como la familia y el territorio. Por ello, es necesario y urgente desincrustar el economicismo del ideario conservador.

La evolución de los acontecimientos llevará a las sociedades avanzadas en las próximas décadas a tener que elegir entre la simplicidad voluntaria (decrecimiento económico) o el colapso irremediable. De un lado estarán quienes tengan una visión solidaria de la humanidad y la naturaleza y de otro lado quienes sostengan a los conductores locos de la mega-máquina económica. Esta situación extrema acabará de difuminar la caduca distinción entre izquierda y derecha a favor de una distinción entre sensatez y lógica del beneficio. En este escenario crepuscular, los antiproductivistas conservadores serán los aliados naturales de esa nueva izquierda heterodoxa que está emergiendo y que para entonces habrá renunciado definitivamente a la visión economicista y sindicalista propia del progresismo y el marxismo. Juntos, esta nueva derecha y esta nueva izquierda, estarán en condiciones de ofrecer una visión alternativa al consenso económico actual creado por productivistas de sensibilidad liberal y socialdemócrata.

La certeza del cambio de paradigma que se avecina no debe hacernos caer en el pesimismo. Todo lo contrario: no cabe duda de que el futuro será mejor. Y más limpio. La vuelta a la sencillez y al arraigo se producirá necesariamente. Las únicas incógnitas son cuándo y de qué forma. La sensatez nos indica que debemos iniciar una transición pausada y consensuada de un modelo a otro. Esta opción es preferible al cambio drástico que deberá producirse en el momento en que sobrevenga una escasez real (acompañada de altos precios) del crudo y del gas natural.

No se trata de volver a la era del candil, pero sí de reinventarnos como ya hemos hecho otras veces a lo largo de la historia. Ahora es el momento de buscar nuevas políticas que primen el bien común sobre la lógica del beneficio. Que reviertan la globalización y tiendan a la localización económica y política. Que fomenten la conservación de los recursos naturales, la creación de empleos locales y el sentimiento de pertenencia. En este camino será necesario idear un modelo impositivo que penalice la contaminación y la sobreutilización de los recursos, así como una limitación de la publicidad que estimula el consumismo.

Y para esta labor de guía y de reinvención quienes mejor equipados se encuentran son los conservadores de corazón y revolucionarios de espíritu.

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