Conservadores: la voz de los sin voz

klimt - madrehijo durmiendo

Apuntes para una militancia basada en la solidaridad entre generaciones.

Edmund Burke definía el conservadurismo comouna relación entre los muertos, los vivos y los que todavía no han nacido”. ¿Cómo puede aplicarse hoy esta visión a la organización democrática?

En la Casa en el Árbol nos gusta replantearnos las ideas establecidas para volver a los orígenes y recuperar las banderas tiradas al suelo. Fieles a nuestra misión, en esta entrada vamos a sugerir algunas ideas que pueden servir para superar el liberalismo y el progresismo y avanzar hacia una democracia con ideal.

Somos porque ellos fueron.

Para volver a situar el vínculo entre los vivos y los muertos en el corazón de la sociedad y la legislación, parece recomendable recuperar el valor de la tradición. G.K. Chesterton decía que “la tradición es la mejor de las democracias, porque no solo votan los vivos, sino también los muertos”. Un movimiento que aspire a construirse en base a la solidaridad entre generaciones debería volver la mirada hacia la tradición, no entendida como inmovilismo, sino como experiencia histórica. El conservador tiene la humildad y el sentido común suficiente para saber que la cultura y las costumbres de su gente no se han generado de forma fortuita sino que son el resultado racional que surge tras la aportación realizada por muchas generaciones. El conservador cree que las sociedades avanzan igual que la naturaleza, de forma armoniosa y a través de los siglos.

Otros que vienen las continuarán

Por otro lado está la cuestión del vínculo entre los vivos y los que todavía no han nacido. El profesor Christian Felber en su obra “Economía del Bien Común” señala que la definición del bien común y la organización social y democrática deben tener en cuenta las necesidades de las generaciones futuras. Para ello, en su modelo económico propone designar representantes en las instituciones para aquellos que nos sucederán. Sus intereses no tienen por qué ser los mismos que los de la generación presente en cuestiones tan importantes como el medio ambiente, el uso de recursos energéticos, el endeudamiento público, la educación o la preservación del patrimonio histórico.

Felber procede de un entorno de pensamiento que se sitúa más bien a la izquierda. Sin embargo, la noción del bien común se remonta a Aristóteles y, sobre todo, a Santo Tomás de Aquino y a la escuela escolástica europea. La necesidad de dotar de mecanismos de protección para las generaciones venideras es coherente y perfectamente asumible por el pensamiento conservador. Esta idea, bien trabajada, puede impulsar un modelo de organización social que supere tanto el individualismo propio del “homo economicus” liberal como el dogma progresista del ciudadano “emancipado” y sin ataduras ni responsabilidades históricas.

Por otro lado, la tutela de los que todavía no han nacido aconseja la creación de la figura del Defensor del niño por nacer, paralela a la figura del Defensor del menor. Sus competencias serían todas aquellas necesarias para protección de los bebés no deseados en aquellas situaciones en los que sus principales guardianes naturales (los padres) han abdicado de sus funciones.

La visión conservadora de la vida, entendida como solidaridad entre generaciones, sigue siendo una alternativa posible. Sólo se necesitan minorías creativas con voluntad de abrir nuevos caminos para dar voz a los que no tienen voz.

Es hora de recuperar la ilusión y perder el miedo a imaginar un mundo bien hecho.

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