BARÇA-MADRID: DUELO DE MERCENARIOS

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Tienen razón los que afirman que “el Barça es más que un club”. Es un negocio internacional y multimillonario que gira alrededor de un equipo de fútbol. El Real Madrid es lo mismo, pero con una gran diferencia: viste de blanco.

Hace mucho tiempo que el fútbol dejó de ser un deporte de caballeros para convertirse en un casino de especuladores. La industria del fútbol y sus sectores auxiliares fingen no darse cuenta. El show debe continuar. Los aficionados no tienen alternativa. Mantienen la ficción de que esos muchachos nacidos en cualquiera de los cinco continentes y con nombres impronunciables representan su ciudad y sus colores. A fin de cuentas, son el mejor equipo del momento. Todo el mundo lo dice. Que nuestros mercenarios sean mejores que los suyos es un motivo de orgullo para la ciudad… o ¿no?

La ley Bosman introdujo en el ámbito del fútbol la libre circulación de personas, mercancías y capitales. La restricción de tres extranjeros por equipo pasaba a entenderse como una restricción tres extracomunitarios por equipo. Como a pesar de todo, la ley del mercado no admite limitaciones, las nacionalizaciones exprés empezaron a formar parte de nuestras vidas. Mientras miles de inmigrantes afrontaban penosos procesos para obtener los papeles, los mercenarios all-star obtenían la nacionalidad de un país europeo en cuestión de semanas. Las autoridades fingían solemnemente no darse cuenta del fraude de ley.

Igual que ocurría con Franco, el fútbol sigue siendo el opio del pueblo. La diferencia es que ahora lo pagas a doblón. Parece mentira, pero hasta en este detalle se aprecia cómo han cambiado los tiempos. El pago-por-visión se implantó bajo el Aznarato, en plena fiebre privatizadora. El primer año Aznar obligó por decreto a retransmitirlo en abierto por ser una cuestión “de interés nacional”. ¿Ha dejado de serlo? En realidad no, pero la gente ya ha asumido que tiene que pagar para ver lo que antes disfrutaba gratis.

A pesar de todo, nos siguen haciendo creer que el “jugador número 12” sigue siendo lo más importante. Lo cierto es que para los grandes clubes los ingresos que proceden de los socios son un porcentaje irrisorio. Por eso, los partidos se juegan cada vez a horas más intempestivas. Es una lástima, pero es necesario para satisfacer la demanda de los mercados asiáticos. La afición local ha pasado a ser ese ruido de fondo que queda bien en todo partido. Los extras que pagan para agitar las bufandas y banderas en el campo. También es el magma de ese componente pasional y folclórico que diferencia al negocio futbolístico de otros más aburridos como el farmacéutico o el de las autopistas.

Ahora los ingresos principales se generan muy lejos de las taquillas. Derechos televisivos, publicidad y apuestas. En España hasta hace muy poquito las apuestas estaban prohibidas. Se consideraba que eran un mal para la sociedad y que ponían en peligro la economía familiar. Ahora las apuestas deportivas son el último grito. Se anuncian hasta en la radio propiedad de la Conferencia Episcopal. Será que, como se dice en la película Wall Street, “el dinero te obliga a hacer cosas que tú no quieres”.

Por cierto, por si a alguien le interesa, el “Clásico” del pasado sábado lo ganó 2-1 el equipo de blanco. Los goles los marcaron un franco-argelino y un andaluz para el equipo blanco y un argentino para el equipo azulgrana. Esto ha supuesto un balón de oxígeno para el entrenador portugués, los patrocinadores y los accionistas de la sociedad anónima propietaria del equipo. Y en Madrid, por algún motivo, los vecinos y amigos salieron a celebrarlo.

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