“ME HALLARÁ LA MUERTE”: GUIÑO DE J.M. DE PRADA AL DISTRIBUTISMO

me hallará la muerte

En una escena de su novela De Prada rompe otra lanza a favor del distributismo.

Una novela trepidante

“Me hallará la muerte”, última novela de Juan Manuel de Prada (Destino, 2012), puede ser una excelente lectura para estos días. Es la historia de Antonio, un ladronzuelo de poca monta que se alista en la División Azul para huir de la justicia. Después de combatir el comunismo y de sufrir un penoso cautiverio en Siberia vuelve a la España de Franco convertido en un héroe de guerra. Sin embargo, a medida que se desvelan los secretos, vamos comprobando que, en ocasiones, una misma persona puede ser a la vez un modelo de conducta y un miserable.

El gran tema del libro es la distinción entre el bien y el mal. Y cómo la confusión de estas categorías morales es hoy una realidad. Lo bueno ya no es una categoría objetiva, sino lo que nos resulta útil, nos aprovecha o nos beneficia. Sin embargo, no estamos ante una obra moralista ni moralizante. El lector es libre de sacar sus propias conclusiones o leerla simplemente como una novela de época o de aventuras.

“Me hallará la muerte” da al lector un paseo por el frente ruso de la segunda guerra civil europea, por los gulags soviéticos y por la España de los años cincuenta, floreciente de símbolos imperiales y de chupópteros y arribistas adictos al Régimen. Una España en la que los idealistas son arrinconados porque su presencia resulta molesta para los jerarcas tecnócratas, los comerciantes pragmáticos y las nuevas relaciones internacionales que buscan un acercamiento al amigo americano.

Antonio, que en su vida anterior se había gobernado por los códigos de maleantes y hampones, jamás hubiese ni siquiera concebido que tales aberraciones o amoralidades existieran, y mucho menos que pudieran revestirse con una fachada de morigeración y respetabilidad; pero empezaba a constatar que los códigos burgueses eran mucho más canallescos y farisaicos que los códigos de maleantes y hampones, que a su lado parecían incluso honorables».

Corrupción «siempre la hubo», explica uno de los personajes, «pero el corrupto tenía que esconder sus miserias, si no quería que lo señalasen por la calle. Ahora el corrupto se hincha como un pavo real, exhibiendo su dinero y restregando a los demás su prosperidad. Se han convertido en un modelo para la pobre gente, que piensa que si no participa de alguna corruptela no cuenta. Han logrado que quien no es corrupto se sienta como un fracasado».

En el libro coexisten varios subtemas muy variados como la lealtad, el pecado, la oposición falangista a Franco, las distintas clases de amor que puede sentir una misma persona o el mundillo del cine y la farándula de los años cincuenta. Como en sus anteriores trabajos, el universo personal de Juan Manuel De Prada cobra vida a lo largo de las páginas de la novela.

Distributismo y vida sencilla.

Entre todos, hay un subtema terciario que nos ha arrancado una sonrisa. La novela contiene un pequeño guiño al distributismo, la escuela de pensamiento impulsada por Chesterton, Belloc y sus amigos en el primer tercio del siglo XX. Se trata de una tercera vía económica, alternativa al capitalismo y al comunismo, basada en la libertad, la vida de familia, la comunidad local y los medios de producción de autosubsistencia (tierra laborable o taller artesanal).

En la novela de J.M. de Prada, un matrimonio de jóvenes idealistas escapa de Madrid y se retira a una casa de labriegos en la provincia de Valladolid. Pretenden huir de la mediocridad y preservar la pureza de sus ideales de un ambiente de creciente relativismo, mercantilismo y consumismo que poco a poco lo va invadiendo todo.

su destierro en la parda provincia castellana, alejado de las intrigas de la corte, alejado de los cambalaches de los chupópteros del Régimen (…) había propiciado una suerte de resurgimiento espiritual (…) porque al alejarse de Madrid había descubierto que subsistía otra España que, según sus irreductibles esperanzas de regeneración, aún no había sido sobornada por las dádivas de los dimisionarios que habían desvirtuado el legado de José Antonio, una “España fuerte, laboriosa y unida”- era los epítetos que empleaba-, impermeable a la España “holgazana, delicuescente y a la greña” de los vividores y los logreros”.

En el párrafo transcrito más arriba se aprecia claramente la oposición entre la España oficial, trepadora y avariciosa y la España sana, de la comunidad y el trabajo. Así, el éxodo a la provincia castellana simboliza la vuelta a la tierra y a la cultura campesina. La refundación del arraigo. Es mucho más que un viaje geográfico, es un auténtico tránsito cultural. Supone la renuncia voluntaria a lo superfluo y la edificación de una vida plena basada en la familia y el trabajo como fuente de realización.

El nuevo hogar del matrimonio no es un chalet de campo sino “una auténtica casa de labranza, con su huerto y corral adyacentes, que habrían habitado sucesivas generaciones de labriegos, antes de que los chupópteros del Régimen los convencieran de las ventajas del éxodo rural, para abastecer sus fábricas con mano de obra mendicante y dispuesta a deslomarse por cuatro perras”.

Aquí resuenan claramente los ecos de Chesterton y su crítica razonable y razonada de los males de la industrialización deshumanizadora: “La verdad es que lo que llamamos capitalismo debería ser llamado proletarianismo. La cuestión no es que alguna gente tenga capital, sino que la mayoría de la gente solo tenga salarios porque no tiene capital.”

De Prada recorre la misma senda que tomó Chesterton décadas antes: la vía de la cordura, la dignidad de la persona (también en su faceta laboral), el amor por la tierra de los padres y la satisfacción de las cosas bien hechas, todo ello contrapuesto a la alienación de los procesos económicos capitalistas que alejan al hombre de la propiedad y de un trabajo humano y trascendente.

“La vida aquí es mucho más barata que en Madrid, porque se vive con menos cosas. Y prefiero tener tiempo libre, para dedicárselo a Amparo y a los niños que vengan” dice uno de los personajes. Y un poco más adelante añade: “hemos decidido que trataremos de vivir con lo que nosotros mismos cultivemos”.

La vida sencilla no es una vida ociosa ni fácil. Es una vida que las gratificaciones no las proporciona el estatus social ni la acumulación de bienes de consumo. “Ésta es la vida que todos hemos soñado alguna vez” dice uno de los personajes de la novela.

¿Y todos hemos dejado a la vez de perseguir nuestro sueño? Algunos no.  Toma con nosotros el sendero de la disidencia. Pensamos aterrizar en el siglo XXI las ideas del distributismo.

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